Por - 25 de julio de 2016

No hay dos sin tres, y es probable que no haya tres sin cuatro, por lo que después de haber seguido a Godofredo de Miramonte y a su sirviente Delcojón por el túnel del tiempo en un par de aventuras durante los 90, ahora tocaba, aunque fuera 18 años más tarde, repasar qué había sido del caballero y del escudero que hacían de la escatología medieval su santo y seña. Y la verdad es que, por mucho tiempo que haya pasado, uno y otro siguen anclados en las mismas fórmulas que les hicieron batir taquillas an- taño. Para bien y para mal. El trío conformado por Jean Marie Poiré, Jean Reno y Christian Clavier viaja esta vez a otra etapa significativa de Francia, el período del Terror de la Revolución, liderado por el temible Robespierre (donde recularon al final de la segunda entrega), para hacer parada y fonda a ritmo de bromas de bajo vientre y otras volteretas soeces, además de para encontrarse con los descendientes de respectivos árboles genealógicos: el del noble es aquí un aristócrata entregado a la causa republicana, y el del lacayo, un admirador de la guillotina que desea los bienes de todo caído en desgracia. La inversión de roles provocada por los saltos espacio-tiempo da pie al clásico vodevil de equívocos, pero ni siquiera el juego de enredos consigue eliminar la sensación de déjà- vu al ver una historia que quizá no necesitaba seguir dando tumbos entre época y época.

Agitado y muy revuelto, así es el 'mash-up' de 'Los visitantes'.