Los odiosos ocho

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Por - 17 de enero de 2016

Frente a los excesos de la aspaventosa filmografía de Quentin Tarantino cabe prescribir tres píldoras cinéfilas que todo lo curan, perfectamente indicadas en caso de sobredosis de alguna de las veleidades crónicas del autor. También puede suceder, y sucede, que hayamos ido cayendo progresivamente en alguna de sus marmitas cinematográficas de Reservoir Dogs hasta aquí y que seamos inmunes a sus virtuosos vicios recurrentes, siempre en el límite de la genialidad, más acá o más allá de convertirse en un maestro, a gustos. Son legión los que disfrutarán de la nueva película de Q. T. sólo por el hecho de serlo. Son unos cuantos los que rechazan sus encantos hasta el punto de no ver sus películas jamás. Son algunos, quizá los menos, los que necesitarán matizar al maestro y echarán mano de alguna combinación de estas tres pastillas antes o después de Los odiosos ocho:

La píldora roja si padece el espectador ante la violencia traviesa y el goteo continuo de sufrimiento, alargado en este caso por el metraje del filme (casi tres horas, más de 180 minutos en su versión original, pensada para una pausa a la antigua usanza para visitar el ambigú) y encarnizado por el hecho de suceder casi todo en una sola estancia de atmósfera cargada por el mismísimo diablo. Dos excesos combinados (sangre y tiempo) que pueden resultar cargantes sin tarantinización previa.

Pastillazo bicolor, estilo ansiolítico, para todo aquel que no pueda aguantar la pedantería cachonda del único cineasta actual cuyo nombre puede anteponerse al del título de sus películas (quizá por eso da igual que la versión en castellano de The Hateful Eight resulte tan poco atrevida). El metraje, de nuevo, juega en contra de quien no soporte esas conversaciones aparentemente intrascendentes, perfectas siempre en tono, tiempo y temática aparentemente abstrusa, cargantes como el mejor de los pasteles, gozosas como un subidón festivo del producto que a cada cual más le ponga. Maestro en mantener la tensión de los momentos cumbres y de inventarse picos de intensidad donde nos los hay, Tarantino alarga los clímax como nadie hasta sacarnos de nuestras casillas. Los odiosos ocho es un continuum ilustrado de esa tradición suya de soliviantarnos gratuitamente con una fórmula fetén. Pero, curiosamente, con más quietud (cae la la nieve) que nunca. O quizá sólo sea dilatación en su filme que más se acerca a Jackie Brown, sin parecerse en nada. Su juego virtuoso ante, con y para (por resumir su martilleo preposicional) el espectador incluye además capítulos con cartelas, una banda sonora majestuosa, la más terrorífica de la carrera de Morricone (aparte de haber puesto música al Mundial de fútbol de 1978 organizado por la dictadura argentina); sorpresas en el reparto, necesarias digresiones temporales, golosinas per tutti en glorioso Panavisión y trucos de vendedor de crecepelo mágico en ferias del Far West. Una gozada que puede resultar indigesta y que, fundamentalmente, ya habíamos visto antes. Hasta el interesante requiebro (para un tipo que busca la originalidad con denuedo) de ratonera de Agatha Christie, suena a déja vu tras ver la sangría en colores de Reservoir Dogs.

La tercera píldora es la buena, la dura, el tentetieso. La negra, inventada en los laboratorios de Django desencadenado. La que evitará al espectador meterse en líos de segundas interpretaciones y letras complejas y quedarse en el pleno disfrute de tres horas de chanzas, sangre y homenajes al western. Sin embargo, ningún prescriptor cinéfilo en su sano juicio la recomendaría: porque una vez reducida esta nueva entrega tarantiniana a tópico de sí mismo (aunque genial para este crítico) es aquí donde está el meollo de Los odiosos ocho, es aquí donde los estándares (altos de por sí) del cineasta puede sublimar. En la Mercería de Quentin, cerrada a prueba de clavos, se reúne, como en la mejor probeta de un experimento sociológico del pasado (también como uno de esos chistes de nacionalidades reunidas), la mejor explicación al origen de la cultura norteamericana y la raíz de los problemas de EE UU. El cazarrecompensas, el negro asimilado, el general sudista, el sheriff oportunista, el mexicano, el vaquero que escribe, el vacío de cualquier rastro de cultura indígena y hasta un verdugo con acento inglés: toda esta escoria está en la base del país que ha marcado nuestra cultura occidental. Añadan el papel de la mujer como nueva arma de provocación masiva, con una magistral Jennifer Jason Leigh, la mejor de la función. Alarmante, procaz, teatral, realmente odiosa y gozosa a un tiempo, Tarantino se lo pasa bomba con esta explicación de su propio origen mucho antes del videoclub.

Tarantino (y sus tópicos geniales) tiran de Agatha Christie para indagar en el origen de la cultura norteamericana mucho antes del videoclub

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