Por - 25 de abril de 2014

Ejemplo práctico de por qué Ti West es uno de los autores imprescindibles del género de terror actual –aunque sus últimos trabajos sean difíciles de defender–. En los cinco primeros minutos de Los huéspedes se quita de un plumazo cualquier necesidad de asustar al público gracias a un golpe de efecto tan simplón y catárquicamente efectivo como un vídeo de YouTube. Así, mientras la gente se recoloca el corazón en el pecho, él se dedica el resto del metraje a lo que de verdad le interesa: la exploración distraída de una atmósfera concreta. Aunque West lubrica la aridez conceptual de la anterior La casa del diablo con toques de naturalismo laboral mientras convive con sus personajes –Sara Paxton y Pat Healy son los únicos empleados de un hotel antaño lustroso que afronta su cierre definitivo– y es menos estricto con su ya fórmula narrativa, el énfasis sigue en la construcción progresiva e insistente de un enrarecimiento generalizado, donde lo sobrenatural subyace bajo la monotonía. La película reutiliza multitud de registros del cine de fantasmas –psicofonías, pianos que suenan solos, exploración de sótanos con linternas– desarticulándolos mientras defiende la dilatación de hallazgos tales que los correpasillos de El resplandor o la modulación atmosférica de John Carpenter como los auténticos mecanismos del miedo. Algo que, cuando llegue su espeluznante clímax final, nadie estará en condiciones de negarle.

 

Historia de fantasmas con más ratos muertos que ectoplasmas.