Los archivos del Pentágono

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Por - 19 de diciembre de 2017

“Asumí que las mujeres éramos inferiores a los hombres. Que no éramos capaces de dirigir nada que no fuesen nuestras casas o nuestros hijos”. Habla Katharine Graham, poderosa editora de The Washington Post a quien Steven Spielberg inmortaliza en su película número 32. Con Ready Player One también a las puertas, el pionero del Nuevo Hollywood se presenta en la antesala de los Oscar con este clásico instantáneo que es una emocionante oda al periodismo y, sobre todo, a la mujer.

Los archivos del Pentágono encaja a la perfección en el reciente enamoramiento de Hollywood con la prensa. Como ya hicieron La verdad o Spotlight, la última película de Spielberg vuelve a encumbrar al cuarto poder a la vez que el periodismo agoniza. Mientras los nuevos lectores prefieren titulares clickeables y textos cortos –más que este–, en Los Ángeles parecen empeñados en recuperar la épica de las rotativas a pleno funcionamiento, de las linotipias, de las redacciones tecleando con euforia, de los becarios intrépidos y hasta de los lápices de los correctores, figuras, a juzgar por el habitual festival de erratas, que aquí la crisis se llevó por delante.

Lo que, al parecer, no resulta obvio para legendarios directivos de medios de comunicación sí lo es para Steven Spielberg. Su tradicional cuidado por los detalles, esos que cimentan un cine de emoción, valores y planos largamente recordados, se despliega en Los archivos del Pentágono en un melódico montaje de estos tótems con los que Spielberg celebra una victoria del periodismo. A saber, la publicación por parte de The Washington Post de unos archivos sobre la guerra de Vietnam filtrados durante la administración Nixon. Tom Hanks (¡por fin un papel a su altura!) es el adalid de tal provocación al poder, interpretando al director del periódico, Ben Bradlee, con una chulería heredera de Walter Matthau en Primera plana o Cary Grant en Luna nueva. Pues, aunque Spielberg fichase a Josh Singer para redondear el guion de la debutante Liz Hannah, y a ratos la minuciosidad documental de Spotlight se deje sentir en Los archivos del Pentágono, esto es una película de Spielberg y lo que prima es la emoción.

Emocionante es, desde luego, el homenaje que, a través de Katharine Graham, Spielberg nos hace a las mujeres. Más allá del conflicto de las relaciones entre prensa y poder –“si quieres tener un amigo en Washington, cómprate un perro”, decía Graham–, en ella, en la editora del Washington Post interpretada con la eficacia habitual por Meryl Streep, está el corazón de esta historia. Concretamente, en el viaje que realiza su personaje, de ama de casa y encantadora socialite, amiga de Kissinger o McNamara, a editora que pone contra las cuerdas al presidente de EE UU. Spielberg utiliza esta providencial metamorfosis para lanzar un mensaje al corazón de las mayores inseguridades femeninas. Aunque el contexto machista no ayude, el empoderamiento pasa por que descubramos, como Kay en Los archivos del Pentágono, que no por intentar gustar y complacer a todos vamos a sentirnos más seguras. Que el poder está en lo que nosotras pensemos de los demás y no al revés.

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