Lo mejor de mí

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Por - 16 de febrero de 2015

En el amor, las decisiones se toman por uno mismo, no por la persona amada. Esto es lo que viene a decirnos la antepenúltima novela de Nicholas Sparks llevada al cine, en la que se pasa de bailar pegados Sweet Jane bajo los faros de un Corvette a esparcir las cenizas al viento del ser querido, en uno de los gestos cinematográficos que me parecen más emocionantes desde la añorada Más que un recuerdo. Pero los pretendidos logros del folletín romántico se ven lastrados por dos errores garrafales, incomprensibles para alguien con la experiencia de Michael Hoffman: un disparatado casting en solución de continuidad que ni los Wachowski y ese politono universal del iPhone de Michelle Monaghan que nos expulsa de la almibarada trama.

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En el amor, las decisiones se toman por uno mismo, no por la persona amada. Esto es lo que viene a decirnos la antepenúltima novela de Nicholas Sparks llevada al cine, en la que se pasa de bailar pegados Sweet Jane bajo los faros de un Corvette a esparcir las cenizas al viento del ser querido, en uno de los gestos cinematográficos que me parecen más emocionantes desde la añorada Más que un recuerdo. Pero los pretendidos logros del folletín romántico se ven lastrados por dos errores garrafales, incomprensibles para alguien con la experiencia de Michael Hoffman: un disparatado casting en solución de continuidad que ni los Wachowski y ese politono universal del iPhone de Michelle Monaghan que nos expulsa de la almibarada trama.

Más previsible que el politono by default de un iPhone.