La virgen de agosto

7

Por - 12 de agosto de 2019

EN MADRID, LAS ROMERÍAS más importantes se celebran justo antes y después del verano, porque ya se sabe que el estío mesetario no da muchas ganas de andar de un sitio a otro. A cambio, tenemos la trilogía de verbenas populares más chulas que la gentrificación aún no ha sido capaz de desteñir. Desparramadas por la primera quincena de agosto, se suceden en barrios limítrofes separados por escasos metros las fiestas de San Cayetano, San Lorenzo y la Paloma; la virgen de agosto, patrona popular y no oficial de los habitantes de la ciudad, cuya asunción pone fin a los festejos el día 15. Esas dos semanas de calor abrasador, música en la calle y olor a fritanga en la ropa son las que la protagonista de La virgen de agosto dedica a su rohmería (de Rohmer) particular, dejando con buen talante que el verano y la transformación relajada de la ciudad tomen las decisiones por ella.

Itsaso Arana, que también firma el guion de este quinto largometraje de Jonás Trueba, encarna a Eva con la naturalidad que ya demostró en Las altas presiones y La reconquista pero aquí por fin adueñándose al completo del relato y la pantalla. Justo antes de cumplir 33 años, Eva está en un momento de zozobra vital tras una ruptura sentimental y sin muchas perspectivas de futuro definidas. Decide irse a vivir un par de semanas a un piso prestado justo en el epicentro de las verbenas. Como a la Delphine de El rayo verde, las vacaciones en soledad le brindan la ocasión de diversos encuentros, algunos con conocidos y otros con desconocidos, que irán dando forma a su verano y a la percepción que tiene de sí misma. Incluso del efecto de la Luna sobre su cuerpo, en una pincelada de fantasía rivettiana.

“A veces me canso de mí y quisiera cambiarme por cualquiera de aquí. Todavía tengo tiempo, todavía”, canta Soleá Morente sobre un escenario de las fiestas, encapsulando esa oportunidad de transformación que permite el verano (la época del año en la que eres libre de dar la mejor versión de ti mismo, opina Eva). También aporta el que quizás sea uno de los momentos de emoción más sincera de la filmografía de Trueba, cuando Eva se acerca a la cantante en un bar para decirle lo mucho que le ha gustado su concierto. Sin lirismo literario, sin citas cinéfilas mediando la escena, sencillamente el agradecimiento de una persona a otra por darle lo que necesitaba en ese momento. Introspección, chotis y mantillas mediante, la gramática libre de Trueba está limitada por una estructura de días que se van sucediendo en el calendario, mientras los personajes entran y salen de la vida de la protagonista dejando sus huellas. En esencia, el camino de Eva podría ser el de una película de iniciación, quizás más intuitiva que todas esas que se fijan en el tránsito de la pubertad. Cuando te das cuenta de que empiezas a dejar atrás los 30 años no hay mucha frontera biológica que señalar, pero la mental entra en situación de emergencia. Pocas películas como La virgen de agosto han retratado con tanta franqueza ese momento.

 

Una ‘rohmería’ de verano para todos los que pasan las vacaciones en casa mientras sueñan con noches de luna llena.