Por - 09 de mayo de 2016

El mundo del juego, de la glamurosa ruleta a las arrabaleras carreras de galgos, pasando por las timbas de póquer, es tan cinegénico que incluso los perdedores dan bien en pantalla. Quizá lo que suceda es que si alguien no acaba desplumado o con un barril con tirantes como único traje no haya película. Perder es acertar, parece concluir el dúo Boden-Fleck, responsable en su día de derrotas tan felices como Half Nelson o Una historia casi divertida. Hollywood quería pagar su fianza, sus deudas y ponerle una suite, pero Ryan Fleck, que perfiló la sonrisa agridulce de Ryan Gosling antes que nadie, confirma con La última apuesta –gran traducción esta vez; el original contiene un spoiler tremendo– que el suyo es otro juego. Básicamente, servir historias sin redención ni moraleja, sólo verdad, a actores sin miedo a resultar antipáticos o incomprendidos. Ahí está Ben Mendelsohn, tremendo como el apostante enfermo, empeñado en demostrar que siempre puede cavarse un hoyo para caer más bajo. También un magnífico y reluciente Ryan Reynolds, que no sabe si es ángel, amuleto andante o panoli sonriente, pero compone junto al australiano una pareja potentísima a pesar de sus manifiestas diferencias a la hora de atacar sus personajes. Por desgracia, no son estas interpretaciones ni historias las que deslumbran: carecen de giros, son ambiguas y exigen haber compartido mesa y partida con Ashby, Altman o el primer Scorsese.

Clandestina, oscura y antipática, abraza la épica del perdedor en racha.