La religiosa

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Por - 30 de noviembre de 2015

Denis Diderot escribió La religiosa como una broma destinada a cachondearse de su amigo el marqués de Croismare. El padre de la Enciclopedia le mandó una serie de cartas haciéndose pasar por una tal Suzanne Simonin, monja forzada a tomar los votos en contra de su voluntad que pedía ayuda al marqués para escapar de la intolerable vida monacal a la que estaba sometida. Así se divertían los intelectuales ilustrados del siglo XVIII, oye.

El caso es que, una vez descubierta la inocentada, Diderot vio potencial de novela en la historia epistolar que se había montado, aunque no llegó a ser publicada de tal forma hasta después de su muerte. De esa versión ha firmado Guillaume Nicloux (El secuestro de Michel Houellebecq) una adaptación con absoluta corrección académica que, sin duda, palidece en todos los aspectos al lado de la realizada por Jacques Rivette con Anna Karina en 1966 –censurada en su momento por presiones de la Iglesia católica–. Pero dejando al margen las comparaciones con gigantes, esta La religiosa cumple con suficiente eficacia la puesta en imágenes de las diversas humillaciones y pesares a los que se ve sometida en perversa progresión la sufridora Suzanne (Pauline Etienne, vista en Eden), con Isabelle Huppert pasándoselo bomba como final boss sáfica y concupiscente bajo el escapulario. La denuncia de la permisividad de la jerarquía eclesiástica frente a comportamientos reprobables es mero matiz lustroso de un relato que ya nació exploit.

El hábito no hace a la monja rogando, ni con el mazo dando.