Bajo la piel de lobo

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Por - 21 de enero de 2018

Soledad, supervivencia, el hombre contra la naturaleza, la búsqueda de uno mismo… La ópera prima de Samu Fuentes aglutina todo los tópicos posibles del cine de aventuras. Ahí reside el arriesgado enfoque de Bajo la piel de lobo, que remite inevitablemente, desde ese trampero solitario que vive alejado de la civilización hasta los paisajes del Pirineo oscense, a grandes referentes del género. Fuentes se mide en la mente del espectador a Sydney Pollack, Akira Kurosawa o Alejandro G. Iñárritu, y sale vapuleado al carecer de la épica de Las aventuras de Jeremiah Johnson, Dersu Uzala o la reciente El renacido.

Pese a estar verde para jugar en las grandes ligas, carecer a menudo de tensión dramática y sobrarle media hora de metraje, el filme es, ante todo, un placer estético de pueblos abandonados y montañas nevadas, todo ello gracias al gusto y la sensibilidad del director de fotografía Aitor Mantxola. También destacan las medidas interpretaciones de sus actores. Como ya hiciera con su vis cómica a las órdenes de Álex de la Iglesia, Mario Casas resuelve con aplomo un nuevo reto actoral, más intimista, sin apenas palabras. Aunque son ellas, Ruth Díaz e Irene Escolar, sumisión y rebeldía respectivamente, quienes se desmarcan del cine de aventuras para denunciar entre silencios asfixiantes la devastadora realidad de la mujer en una época no tan pasada.

Un placer visual sin la épica de los grandes referentes del género.