La juventud

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Por - 11 de enero de 2016

“Es una pieza muy hermosa”. “Sí, lo es. La compuse cuando aún amaba”. Es el diálogo entre un niño y el protagonista de La juventud, un tipo que lo ha sido todo, que con su música ha proporcionado toneladas de placer, sentimientos de alegría y de tristeza asociados a la creatividad que lo ha encumbrado a lo más alto. Ahora, instalado ya en la senectud, sólo desea que le dejen en paz, que nadie le adule ni le dé la brasa. De esto va la nueva obra de Paolo Sorrentino, una continuación apócrifa de La gran belleza, situada en un hotel que a la vez es un hospital y un balneario. Allí se dan cita seres extraños, neuróticos, cabreados, hartos del mundo o en crisis existencial. Personas que han sobresalido en el oficio que escogieron pero que ya están quemados. Sorrentino orquesta una película artificiosa y excéntrica, tan autoconsciente que a ratos parece paródica, linda en lo ridículo y lo obvio, reitera lo que ya contó en su anterior y extraordinaria película. Le da igual lo que pensemos. Logra de nuevo un relato absorbente y magnético sobre la creación, el arte y el descontento. Vuelve a Fellini, ocho y medio y también recuerda al Marienbad de Resnais. A ratos parece que sólo quiera impactarnos con hallazgos visuales caprichosos que transmiten descontento y desasosiego.

También nos habla del cine a través de un cineasta (Harvey Keitel) que desea rodar su testamento fílmico. Y de la amistad, claro. Las conversaciones entre el director y el músico –amigos de toda la vida– sobre la libertad, la memoria, la intelectualidad, las mujeres… Hay humor, hay belleza, hay extrañeza. Está incluso Maradona pensando sobre la vida y la cercanía de la muerte. Y está ese hombre llamado Michael Caine, quien con un solo plano de su rostro o de su cuerpo viejo y blancuzco, nos recuerda por qué el cine es tan hermoso.

Fantástica película, triste y descreída, pero finalmente luminosa, entre Fellini y Resnais.