La cura del bienestar

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Por - 19 de febrero de 2017

Rebañando la fascinación atávica que ha ejercido en la humanidad el mito del manantial de la eterna juventud, Gore Verbinski intenta encauzar su carrera, maltrecha después de El llanero solitario, con una engolada variación sobre el inmortal tema, salpicando de paso otros afluentes como el narcisismo, el capitalismo, la semilla del mal, el amour fou, la inmortalidad igual de demente y lo que se ponga a tiro. Para ello, aprovecha su buen oficio para la puesta en escena cimentando un gran guiñol con raíces en el cine pulp de Roger Corman, añadiendo capas y más capas hasta convertir un material de bolsilibro de Bruguera en un tomazo decimonónico.

El mayor inconveniente es su desproporcionado metraje, al que no ayudan ni la frágil prestidigitación de la fábula (un balneario alpino con oscuro secreto residual) ni el limitado carisma de sus protagonistas: un Dane DeHaan con perenne gesto de DiCaprio en Shutter Island, y un Jason Isaacs al que la bata de Vincent Price le viene grande. La cosa se anima en el último acto, gracias al despiporre gótico-sádico y a toques de giallo gentileza de la acuática sensualidad de Mia Goth. Pero, la verdad, para tal viaje no hacían falta semejantes alforjas. Ni siquiera para recrear la atmósfera de un mal sueño que recuerda lo que Walter Matthau reprochó a su mujer tras unas vacaciones infernales por tierras aledañas: “Me has fastidiado Auschwitz”.

Discreto ejercicio de serie B de difícil digestión por su oceánica duración y tramposos regates.