La ceniza es el blanco más puro

8

Por - 26 de abril de 2019

La idea de tránsito siempre ha sido esencial en el cine de Jia Zhangke, pero nunca tanto –ni a tantos niveles– como en su duodécima película. En ella traza no solo la evolución de su propio país –los efectos de cuya modernización funcionan como eje central de su carrera– sino también la de un romance ambientado en el submundo mafioso y marcado por la mala suerte y el destino y, por último, la de su propio universo cinematográfico; y la conclusión a la que llega es común a las tres: que pasa el tiempo y pasan cosas pero no cambia nada, aunque en realidad nada sigue igual.

De hecho, la heroína del filme vendría a ser como la China de este siglo hecha tragedia andante. Jia la acompaña a lo largo de tres épocas distintas, señalando su resiliencia y su resolución tanto frente a la inconstancia, la insinceridad y la cobardía de los hombres como frente a las dinámicas de un lugar que apisona a quienes no siguen el ritmo. Y en el proceso se muestra certero capturando detalles que ahondan sutilmente en asuntos como el declive del honor y el compromiso en una sociedad corrupta, confusa y vigilada.

Para experimentar La ceniza es el blanco más puro no está de más, decíamos, cierta familiaridad con la obra previa de Jia. Todas sus películas anteriores dialogan entre sí pero esta, directamente, funciona como una recapitulación y casi como una comunión, por los elementos –temáticos, estéticos, espaciales– que recupera y porque refleja la transición que su cine ha experimentado con el transcurso de los años entre el austero neorrealismo de su primera etapa y el populismo melodramático de la última. Y, pese a ello, es distinta: más imprevisible de lo que todo lo dicho sugiere, más divertida, más extraña, más inquietante y, tal vez, más trascendente.

Síntesis de todo el cine de Zhangke y, al mismo tiempo, algo distinto.