La casa de verano

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Por - 12 de agosto de 2019

Si Valeria Bruni Tedeschi concluía Un castillo en Italia con la imagen congelada del personaje de Louis Garrel lanzándose al amor, en La casa de verano abre el relato con la crisis de una pareja. Por supuesto todo siempre puede ir a peor y en la siguiente secuencia la protagonista –corazón encogido, maleta en mano– ha de afrontar una reunión del Centro Nacional de Cinematografía que, dadas las circunstancias, no acabará demasiado bien. O, ¿quién sabe?, puede que esa catástrofe sea una imagen llena de posibilidades, incluso el arranque de una estupenda película. Decía Godard que el cine es lo que está entre las cosas, entre una vida y la de enfrente, y en el caso de Bruni Tedeschi el cine es aquello que está entre todos y en cada uno de quienes la rodean: madre, hermana, hermano, pareja y expareja, hija… un microuniverso que se presta a ponerse frente al espejo deformante de la directora para acompañarla, aquí, en el proceso de duelo amoroso, terrible e histérico, que conforma el arco narrativo de La casa de verano. Por fortuna, la autocomplacencia de Bruni Tedeschi tiene sus límites y la cineasta llena esa casa estival de muchas otras cosas: del arriba y abajo renoiriano, las diferencias entre la burguesía decadente y su servicio doméstico, de la commedia all’italiana y la escuela de risas francesa, y de una joie de vivre luminosa y tierna.

Enredos hilarantes y Valeria Bruni Tedeschi: el verano ideal.