Por - 29 de abril de 2019

La guerra en diferido. Hemos conocido el choque de los Balcanes y los conflictos entre nacionalidades de la ex Yugoslavia gracias a una generación de cineastas (Kusturica, Pascajevic, Tanovic…) que, casi en tiempo real, nos transmitieron con una desmedida intensidad el reflujo de toda esa tensión desmadrada. Entre el humor y la violencia, la sangre se hizo patente. Lejos de sus primeros maestros que trabajaron ‘en directo’, una nueva generación de jóvenes directores nos relata lo que queda de aquel avispero candente. Sutil, con gran manejo del fuera de campo, el serbio Glavonic, habitual del circuito de festivales, compitió por la Cámara de Oro en Cannes con este filme de camionero (más que de carretera) en ruta por la desolación vital de los alrededores de Belgrado durante los bombardeos de la OTAN. Lejos de la reivindicación nacionalista, pero desde una profunda tristeza justificada, el recorrido de Vlada (sensacional Leon Lucev, que, por cierto, es croata) va dejando apuntes de historias cercenadas, casi fantasmagóricas, de un vacío existencial que solo el uso (y abuso) de los símbolos logra mitigar. Un mechero, un monumento, una boda, un teléfono… y una carga secreta que sería un macguffin si no fuese porque sabemos desde el comienzo qué oculta, van jalonando la vergüenza de un hombre, que es a la vez la pena de un país y la dificultad de comunicarse con las generaciones que tienen que arreglarlo.

La ruta (fantasma) de los rescoldos serbios de la Guerra de los Balcanes.