La bella y la bestia

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Por - 19 de febrero de 2017

Hablemos claro. En 1991 yo tenía siete años y mi mayor aspiración en la vida era rellenar el álbum de cromos Panini de La bella y la bestia en cuya portada la pareja bailaba alborozada junto a Ding-Dong, Lumière, Chip y la Señora Potts. La Sirenita había llegado demasiado pronto, Bambi hacía llorar y Los rescatadores en Cangurolandia era demasiado sofisticada, pero, a pesar de sus visos de zoofilia, aquella película de Gary Trousdale y Kirk Wise sobre príncipes encantados y candelabros parlanchines había llegado a mi infancia arrasando con todo. La prueba definitiva está en que aún hoy, 26 años después, la de La bella y la bestia es la única banda sonora que soy capaz de cantar de carrerilla, palabra a palabra, a coro con todas las niñas de mi generación. Así que adiós a todos estos años fingiendo una educación cinematográfica fundamentada en E.T., Los Goonies o Regreso al futuro. Se acabó la impostura.
Dicho esto, la nueva La bella y la bestia mejora respecto a la original cuanto más se parece a ella. Todo lo que no estaba en la película de Disney y que Bill Condon inventa termina resultando una mala idea que poco aporta a esta amalgama de adaptaciones de la novela de Gabrielle de Villeneuve –la Bestia tenía trompa– que Jeanne-Marie Leprince de Beaumont convirtió en cuento en 1756. Interesan tan poco las inclinaciones sexuales de los personajes secundarios, por muy prometedoramente que las hayan vendido desde el departamento de marketing, como lo qué pasó con la madre de Bella, máxima innovación de los guionistas. Muy al contrario, la nueva La bella y la bestia gana cuando reproduce de forma clónica todo aquello que nos robó el corazón entonces, el “Bonjour, bonjour!” o el baile con vestido dorado, fragmentos que calcan el filme de 1991 fotograma a fotograma a excepción de una nueva comunidad negra inexistente en la anterior y la solidificación de unos personajes considerablemente agrandados por el trabajo de los actores. Especialmente, Luke Evans (Gastón) y Josh Gad (Lefou), que roban la función a las estrellas de la anterior película, el menaje del hogar hechizado al que aquí ponen voz Ewan McGregor, Emma Thompson o Iaw McKellen. Pero, sobre todo, la genial Emma Watson.
Hay mucho de la valiente Hermione Granger en la nueva Bella. Aquella lectora empedernida cuyos sueños más allá de la vida provincial conectaron tan bien con nuestras aspiraciones de futuras mujeres independientes en los 90, sigue rechazando al guapo del pueblo en pro de una vida llena de aventuras en un reino lejano que ahora se llama París. No obstante, y a pesar de preferir Shakespeare a los cuentos de hadas y ¡de haber inventado una protolavadora en el siglo XVIII!, no han tardado en aparecer los artículos que acusan a la actual versión de poco feminista. Y a Bella de ser una mantenida por quedarse con la Bestia. Y a Emma Watson de enseñar medio pecho en una revista. Pero, ¿el feminismo no se había inventado para que nadie nos dijese lo que teníamos que hacer? Pregúntatelo cuando te digan si te tiene que gustar o no La bella y la bestia.

La película de Bill Condon mejora respecto a la original cuanto más se parece a ella

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