Jesús

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Por - 23 de julio de 2019

Hay una escena en Jesús que recoge la esencia de lo que hace de este debut de Hiroshi Okuyama (lo rodó en su último año de universidad) una fábula extravagante y ridículamente encantadora. Yura,
el pequeño protagonista, se está dando un baño con un pato de plástico cabalgado por un mini-Dios que juguetea entre la espuma. Sí, Dios, el Todopoderoso, con su túnica, su melena y un aura que parece hecha con Photoshop.

La película nos traslada a un Japón rural, nevado, desconocido, al que se acaba de mudar Yura. Forastero en el entorno y, sobre todo, en la escuela cristiana a la que acude ahora (como si del álter ego del espectador se tratase, perdido en dos escenarios ajenos al imaginario nipón), todo se vuelve más extraño cuando un Jesús en miniatura aparece para cumplir todos sus deseos, como si de un genio de la lámpara se tratase. Premio Kutxa-Nuevos Directores en el pasado Festival de San Sebastián, Okuyama desarrolla la trama entre dos tragedias que vive el joven protagonista y que permiten al director cuestionarse qué es la fe cuando lidias con la pérdida, sin reflexiones teológicas profundas e innecesarias. Cuanto menos en serio se toma la producción a sí misma, cuanto más abraza la puesta en escena austera y compensa la falta de medios con ideas visuales tan demenciales como únicas (Dios sobre un patito), más placentera se vuelve la experiencia cinematográfica.

Una fábula ridículamente encantadora entre patos, Dios y fe cristiana.