Irrational Man

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Por - 23 de julio de 2015

No es la primera vez que Woody Allen coquetea en alguna de sus muchas películas con la filosofía: las lecciones sobre el humor de Schopenhauer en Annie Hall, la moral kantiana en Delitos y faltas o ese profesor de filosofía llamado Leopold Sturgis, encarnado por José Ferrer, que protagoniza La comedia sexual de una noche de verano dan cuenta de cómo el cineasta ha tratado de moldear cinematográficamente las enseñanzas de los sabios de la historia. Al de Nueva York le sucede lo que a muchos de los comunes, ese sentir del humano medio frente a la grandeza de los prohombres filósofos y, como tal, necesita apropiarse de sus máximas, aplicarlas en el terreno de la acción y formular, así, sus propias fábulas para tratar de darle sentido a esto que llaman existencia.

Ocurre de este modo en su nuevo trabajo, Irrational Man, que no en vano está protagonizado por un profesor de filosofía que tan pronto te recita los tormentos de Kierkegaard o Heidegger como hace suya una botella de Bourbon, y que como buena alma torturada tiene el rostro y la gravedad de la más perturbadora de las estrellas de Hollywood, Joaquin Phoenix. Él es Abe y acaba de llegar a un pequeño campus en Rhode Island, precedido de su polémica inteligencia y su pasado agitado, y pronto se ve envuelto en un ligero menage à trois junto a Parkey Posey y Emma Stone, profesora y, cómo no, alumna brillante. Caracterizados a brochazos, los tres personajes son tan mínimos como el arquetipo del que se disfrazan –el profesor de filosofía maldito, la profesora frustrada e infantil en sus anhelos románticos y la alumna aventajada resabidilla y un poco trepa–; como también es básico, aunque no simple, el dilema al que se enfrentan: entre Fiódor Dostoyevski y Patricia Highsmith, Woody Allen escenifica una encrucijada moral a partir del mito del crimen perfecto que, siendo honestos, parece reciclada de alguna de su cintas previas.

Pero en Irrational Man eso es casi lo de menos, porque si primero Allen desplaza su mirada hacia ese bucólico campus tan bellamente fotografiado por Darius Khondji para retratar a la clase media estadounidense como tediosa, hipócrita y sin más miras que su propio bienestar, a partir de ese acto existencial que pone en práctica Abe el cineasta cambia las tornas –y casi la película entera– con el fin de responder si es posible aplicar en un conflicto cotidiano las teorías filosóficas acerca de cierta justicia moral y no sólo salir ileso, sino además conseguir con ello escapar de la espiral del vacío y lograr la felicidad.

En este sentido, Irrational Man es una continuación directa de melodramas criminales como Delitos y faltas o la más reciente Match Point, aunque aquí los protagonistas involucrados en el quid moral adolezcan de los motivos shakesperianos de los personajes de aquellos trabajos–venganza, ambición o pasión amorosa–. Y quizá esa cuestión sea la que esconde el verdadero horror ético del largometraje, que en su caprichosa levedad señala cómo el aburrimiento y el azar nos pueden transformar, a la postre, en personas aborrecibles.

La lección del viejo Allen es clara: no hay título de Harvard que legitime nuestras dobleces morales.

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