Por - 30 de mayo de 2016

Incubada en circunstancias dolorosas (pero, ay, no excepcionales), Idol es una criatura partida en dos y recosida con algún punto flojo. En su primera mitad, este filme recuerda a una El pequeño ruiseñor ambientada en la franja de Gaza, con toques de Verano azul (bicicletas por un tubo, brisa mediterránea) y todos los tópicos de ese cine con niños que oscila entre lo dulzón y lo trágico. Después, elipsis mediante, nos topamos con la molla de la historia: un biopic más o menos mitificado de Mohammed Assad, el primer palestino ganador del concurso musical Arab Idol. Un David Bisbal para un país en el que los chavales adornan sus cuartos con el rostro de Yasser Arafat en lugar de con el de Taylor Swift.
Por necesidad, suponemos, la película elude u omite muchos elementos que podrían hacer más interesante su historia. El poco cariño que las milicias de Hamas sienten por la música (“el reclamo del diablo”, según el Islam fundamentalista) es uno de ellos. Asimismo, Israel es una amenaza latente, pero rara vez mencionada. De esta manera, el interés de la cinta se encuentra en sus raros momentos cómicos (ojo a la ecuación “Skype + generador ardiendo + burro desbocado”), en unas imágenes de archivo que pueden causar pasmo, por lo fervorosas, y, sobre todo, en la auténtica historia que la ha inspirado. Lástima que, para conocer con propiedad esta última, uno deba tirar de Google al levantarse de la butaca.

De Joselito en Gaza a Bisbal palestino: un estrellato en las ruinas.