Por - 28 de abril de 2015

“La medicina no es una vocación. Es una maldición”, expresa resignado uno de los residentes que protagonizan este drama clínico. Hasta llegar a ese punto, prácticamente hacia el final de la película, hemos visto suficiente en la planta del hospital parisino en el que trabajan como para admirar su abnegada dedicación. También para ser testigos de la incompetencia de los gestores que recortan los presupuestos y liquidan los recursos de la sanidad pública. Sucede al otro lado de los Pirineos, pero es perfectamente extrapolable a lo que pasa en nuestro país, donde sigue sin haber motivos para calmar mareas blancas.

Pero que nada de lo dicho impida a defensores de las políticas neoliberales acercarse a Hipócrates, un filme que es más historia formativa –¿por qué no subtitularla M.I.R., la película?– que alegato socialista a favor de la la atención sanitaria pública y universal. Incluso se puede apreciar una interesantísima crítica a la “casta médica”, representada por Benjamin, un Vicent Lacoste que sigue con la misma cara de empanado que cuando era un adolescente en The French Kissers (2009). Hijo de papá doctor, comienza solicitando una bata sin manchas antes de entender que es imposible desempeñar su profesión sin ensuciarse, sin que lo vivido junto a sus pacientes le deje huellas. Por poner una pega en su informe de prácticas, sería deseable que hubiera llegado a esa conclusión sin montar una escenita tan sobreactuada. Un poco más y perdemos una película notable.

Sin paliativos, constata la mala salud de la sanidad pública.