Por - 14 de diciembre de 2015

Los bajos fondos están oscuros y sucios. Huelen a cerrado. No son un sitio en el que un hombre de a pie quiera adentrarse. Dan miedo y, peor, dejan huellas y manchas. Como en esos programas callejeros de la televisión, preferimos ver cómo los atraviesa otro desde la barrera. Eso no es óbice para que luego, en un ataque de comodísima decencia, evaluemos con nuestros códigos de gente honrada las prácticas de aquellos a los que enviamos a examinar las cloacas.

Con un policíaco contemporáneo como Hiena resulta imprescindible anular los rígidos sistemas de valores con los que nos manejamos en la superficie. Nada de lo que muestra es agradable, desde su galería de personajes hasta los escenarios en los que se mueven. Su protagonista, Peter Ferdinando, una especie de Ray Winstone devoto de la Iglesia del De Niro Redentor, es el mejor ejemplo de ese compromiso con la derrota. Haga lo que haga va a perder interpretando a este detective corrupto que incumple la ley que juró proteger para mantener el orden superior de las cosas. ¿Cómo iba alguien a identificarse con un policía que chapotea en las cloacas londinenses del tráfico de drogas y mujeres? ¿A qué intereses sirve cuando informa y negocia con esos que le encargaron investigar?  Fiel reflejo de la naturaleza humana, ambigua e inescrutable, o producto de la falta de pericia para redondear matices y motivaciones de su director-guionista, sin ser redonda, Hiena al menos da el pego como thriller convincente y adulto.

No habrá paz para los tenientes corruptos en las malas calles de Londres.