Grupo 7

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Por - 04 de abril de 2012

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Una de las muchas cosas buenas de Grupo 7 es que te permite tirarte el pisto sin salir de casa. De casa o del bar de abajo, ese de barra metálica y suelo sufrido de falso mármol, como de tumba, lleno de cabezas de gamba. Llegar, echar un sorbo a la caña y soltar “Think Global, Do Local”. Y pedir otra caña. 

El cine español le debe una al cine de género, al de terror antes que a ningún otro, que en parte ha sabido encontrar un justo equilibrio entre el sello de autor y las concesiones a lo mejor de la fórmula del éxito (casi siempre hollywoodiense, pero no exclusivamente: Polanski, Argento…). Cuando, además, esas historias de talento partieron de la garita ibérica de un portero de finca, de una casona asturiana o de un edificio contaminado del Eixample, los complejos acabaron por caer. Esa forma de entroncar con nuestra esencia, la que había sido propia del drama social o de la tradición de la comedia berlanguiana de la que todos se creen herederos, ya va unida sin remedio a nuestro mejor cine (una pena que haya que añadir la palabra ‘comercial’ para hacerse entender): ya no nos avergüenza mezclar la España real con la imaginación de un guión de género. 

Se pongan los dioses (y las vírgenes, que aquí juegan en casa) como se pongan, a veces hay que verlo para creerlo. Y Alberto Rodríguez (7 vírgenes, After), que todavía no ha dirigido una película que no merezca la pena, ha hecho el milagro. Por el ritmo y la trama, por el perfil de los personajes, por el trabajo de los actores y, sobre todo, por la verosimilitud del conjunto, por la verdad de su ambiente: Sevilla puede ser el Baltimore de The Wire, o el Río de las favelas de Tropa de élite o la Nueva York de French Connection (qué demonios, si al malo, Fernando Rey, lo pusimos nosotros). Rodríguez, que ha mamado el percal, ha demostrado que Sevilla puede ser lo que nosotros queramos, pero sobre todo si es siempre ella misma. Lo apuntaba Mateo Gil en la infravalorada (por inconsistencia estética) Nadie conoce a nadie, y lo vuelve a hacer ahora este grupo de policías que comienza como el retrato de comedor de Los intocables y acaba en un purgatorio de mentiras y silencio al que pocas veces había llegado el cine policiaco español. La referencia a No habrá paz para los malvados (a la que supera en el retrato de la realidad) y su Santos Trinidad (frente al hampa la ayuda del Espíritu Santo sigue vigente) es obligada, como lo es el policiaco barcelonés de los 50 (Brigada criminal, A tiro limpio, Distrito quinto), tan aparentemente distinto a este thriller sevillano, pero tan contundentemente parecido en su esencia. 

La degradación moral es universal. Igual que la corrupción pública y privada. Pero la de la Piel de Toro, a veces, se lleva la palma. Por eso enmarcarlo en los años previos a la Expo’92 es otro acierto enorme, admirablemente retratado. Es un gran momento para mirar a esos años de despilfarro a través de los protagonistas, esa cuadrilla de agentes que tiene la orden de limpiar el centro de la capital andaluza. Estos tipos, con los que es imposible no sentir empatía culpable a la Sopranesca manera, son buenos personajes universales pulidos por un guión con soluciones autóctonas perfectas. Encabezados por un inconmensurable Antonio de la Torre, que hace un esfuerzo de contención magistral, mano a mano con un Mario Casas que deja de ser sólo un chico guapo, y bien pertrechados por dos ladrones de escenas: José Manuel Poga y Joaquín Núñez, candidato a actor revelación del año, representan en el fondo a un país entero. Conforme hemos creído hacernos ricos, hemos perdido la inocencia, nos hemos resabiado y eso ha vuelto a hacernos pobres. 

Grupo 7 es Sevilla, y Sevilla puede ser Atlantic City. O Gomorra. Mejor aún, esta Sevilla de hijos de puta, de nuestros hijos de puta, es la versión nacional de Ciudad de Dios. La Sevilla de Grupo 7 es una Ciudad de la Virgen. 

CARLOS MARAÑÓN