Pesadillas

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Por - 09 de julio de 2015

Demasiado mayores para ser el monito alegre que añoraba el padre de Riley en Del revés, demasiado pequeños para querer mudarse a una distopía adolescente. Ahora más que nunca, es un drama estar en esa tierra de nadie entre la infancia y la pubertad. ¡Qué difícil es tener nueve o diez años! Sobre todo cuando se va agotando el catálogo de Amblin y demás hijos de Spielberg, y lo único que quedan son perversiones nostálgicas y referenciales de viejos niños como el Abrams de Super 8. Con el PG-13 vaciado de significado y la inocencia desprestigiada en favor de la ironía, la mera existencia de una película como Pesadillas es una feliz anomalía. Que además fuera un sorprendente éxito de taquilla en EE UU cuando se estrenó en octubre no hace más que confirmar la urgencia de que se produzcan títulos así. Nadie obvia el tirón espectacular de la serie de libros de R. L. Stine, el Stephen King para lectores a los que hay que dejar una luz encendida y pueden pedir un vaso de agua de madrugada. Tampoco el altísimo nivel de identificación que siente Jack Black con la chavalada. Pero sería absurdo no fijarse en lo más evidente: ¿por qué hay que adultecerlo todo siempre? Con su galería de monstruos y su repertorio de chistes majetes, Pesadillas consigue que por un momento no tengas que echar de menos a Joe Dante y puedas dar un merecido descanso a los Goonies. Donde lo dejó Jumanji hace más de 20 años, llegan Black y sus cazafantasmas para coger el relevo.

¿Es que nadie va a pensar en los niños? Jack Black y sus monstruos sí.