Godzilla

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Por - 15 de mayo de 2014

Por fin, Nueva York está a salvo. Esta vez le toca a San Francisco, Hawai, Las Vegas, sufrir el absoluto caos. Y a Tokio, faltaba más. El origen de la bestia de Toho es un brillante punto de partida que aporta a este reboot una nueva –y muy sugerente– dimensión: ¿y si la bomba de Hiroshima en vez de ‘crear’ al mutante se hubiese lanzado para destruir a Gojira? Desde los intrigantes títulos de crédito para solaz de Iker Jiménez –que podrían ser en sí mismos otra película– y continuando con la paranoia del personaje de Bryan Cranston –el tráiler no hace justicia a su personaje, Walter White en Encuentros en la tercera fase–, el enigma da paso a otro rompecabezas aún más inquietante, y que, en parte, hace sombra al protagonista de la historia. Godzilla, aún escondido –y tardará casi una hora en aparecer, tal vez, demasiado–, no está solo. Y es una pena que tengamos aún reciente el Pacific Rim de Guillermo del Toro, no por su discutible calidad si no porque los kaijus de esta Godzilla parecen sacados de aquélla. Y no hay Jaegers que los puedan detener. Estos Organismos Terrestres No Identificados, los MOTOs, se adueñan de buena parte del metraje por su espectacularidad (nada que ver con los bichos de los años 50, aquí prima la estética robótica). Es cierto que Godzilla debería haberse puesto a dieta y que no le hace ningún bien –a efectos de encuadre– que su hábitat natural sea el agua, su refugio. Al lado de los MOTOs es como intentar que los berrinches del Stay Puft de Los cazafantasmas nos produzcan espanto. Imposible. Este Godzilla humanizado llega a enternecer: el toque spielbergriano no falla, aunque el director Gareth Edwards parezca huir del melodrama (muchas son las escenas que dan la sensación de quedarse a medias). Para compensar cierta falta de ritmo –esto no es el frenético Monstruoso producido por J. J. Abrams ni pretende serlo–, Edwards retoma el efectismo y la grandiosidad entre humo y cenizas de su magnífica Monsters (2010), con unos invasores repugnantes, de largas pinzas y sonido metalizado, añadiendo algo de lo que carecía, además, el Godzilla (1998) de Roland Emmerich: la respuesta de la naturaleza a todos estos estragos. Alternando terremotos, explosiones y un dramático tsunami –como Lo imposible, aunque sin conseguir tocarnos la fibra–, Edwards nos sube a una montaña rusa sin necesidad de encajar las piezas de una trama inconsistente –ciertas explicaciones carecen del sentido que pretenden darle–. Es más, cuando por fin Godzilla –desde ya el Batman de los monstruos– desvela su gran número de prestidigitador, cualquier incoherencia nos resbala. Porque este emocionante desmadre es lo que tiene que ser: una destrucción épica en la que Godzilla se convierte, por fin, en un verdadero icono, idolatrado y reverenciado. El amanecer de una especie única, en un mundo arrasado, eso sí, en el que los humanos somos realmente los auténticos perdedores.

 

Reboot épico con un Godzilla al que dan ganas de achuchar.

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