Fast & Furious 8

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Por - 16 de marzo de 2017

“No importa lo que hay bajo el capó”, proclama Dom Toretto con la voz gutural de Vin Diesel al principio de Fast & Furious 8, justo antes de ganar con un cacharro desvencijado una carrera al coche más veloz de La Habana. Dom no sólo le da una lección a su rival (da igual lo chulo que seas si no sabes conducir de forma temeraria hasta que tu vehículo arde en llamas, o algo así) demostrando que la maquinaria es menos importante que quién la maneja; también vaticina lo que, por desgracia, nos encontraremos durante el resto de película: una exhibición mecánica de los elementos habituales en Fast & Furious –aquellos que la han convertido en la saga de acción más deleitosa del Hollywood actual–, pero sin la chispa habitual en el motor.

La carrocería es tan apabullante como corresponde a la octava entrega de un ciclo de películas que adoramos por cómo perdieron todo el respeto posible al sentido del ridículo y las leyes de la física, pero las manos al volante acusan más el desgaste de la fórmula que los elementos individuales puestos en juego. Fast & Furious no empezó a despegar los neumáticos del suelo hasta la llegada del director Justin Lin y el guionista Chris Morgan y, si bien el segundo sigue inventando con relativa soltura escenas de acción abonadas al más-difícil-todavía con coches de por medio, la ausencia del primero se nota a la hora de plasmarlas en imágenes. El primer sustituto de Lin fue James Wan en Fast & Furious 7, lo que dio pie a la entrega más formalista de la saga y uno de sus picos más altos; en esta ocasión, con F. Gary Gray a la dirección, el resultado es diametralmente opuesto.

El director del remake de The Italian Job no saca partido al presupuesto ni insufla energía a secuencias que deberían ser tan eficaces por sí mismas como el descomunal clímax siberiano con submarino nuclear incluido. Menos mal que por ahí están Dwayne Johnson Jason Statham, adueñándose por completo del carisma de la función –a Diesel le dejan la dimensión culebronesca, que siempre la disfrutó más– cada vez que salen en pantalla, ya sea lanzando misiles con la mano, intercambiando pullitas antológicas o protagonizando la fuga carcelaria más voluntariosa de la historia; otro momento que se habría beneficiado de más confianza en la puesta en escena y la fisicidad de los actores, como el resto del metraje empapado de CGI.

Cuando la ciberterrorista interpretada por Charlize Theron –con tanta incredulidad como si estuviera en una película de hackers de los 90– toma bajo su control todos los coches de Nueva York para arrojarlos por tierra y aire contra su objetivo, los equipara a una horda de zombies. Vehículos vacíos, pilotados por control remoto. Otra metáfora de sí misma que F&F 8 contiene en su interior. Confirmando que la franquicia ha alcanzado un estatus equiparable al de la saga James Bond, ha tocado que esta sea una de las entregas flojas. Pero no por ello vamos a dejarlos tirados. Toretto no lo haría.

A pesar del derrape, la saga con más desvergüenza en el retrovisor tiene combustible para rato. Con The Rock y Statham empujando, hasta el infinito y más allá.

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