Exodus: Dioses y reyes

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Por - 01 de diciembre de 2014

Épico. Un dios, un rey, un (super)héroe. La mirada de Ridley Scott a la odisea protagonizada por el líder hebreo interpretado por Christian Bale es apabullante. Visualmente, Exodus: Dioses y reyes es impecable. 151 minutos rodados en 3D que no dan tregua, con escenas fotografiadas desde todos los ángulos, la confluencia de miles de extras (el ejército egipcio, los esclavos) y colosales efigies y pirámides, paisajes que parecen de otro mundo (pero están en éste, en concreto en Canarias), con formaciones de docenas de carros tirados por caballos, y ese fastuoso vestuario, otro personaje más en una colosal ambientación con la que el director no escatima en profusos detalles. Mención aparte merece su recreación de las plagas, TODAS las plagas, regocijándose en cada una de ellas, o la separación de las aguas del Mar Rojo, momento cumbre con otro tsunami de formidables dimensiones para los anales de la historia del cine. Ridley Scott más Roland Emmerich que nunca. Porque lo que hace el director de Gladiator o El reino de los cielos, es cine como el de antes para el público de ahora.

Este Moisés, caballero oscuro –hombre contradictorio, excesivo, pelín perturbado– no separa las aguas, no es Charlton Heston con los brazos abiertos y la vara en ristre. El Moisés de Ridley Scott –habrá que llamarlo así desde ya como se recuerda popularmente al Drácula de Coppola– divaga, sufre alucinaciones, es impaciente por momentos, duda. Es como Batman, sí, un hombre al fin y al cabo, sin superpoderes, también con una misión, que escucha una voz (y no es la de su fiel Alfred). Esa voz, la de Dios, está personificada en un niño (nada menos), tan malévolo (y esta presentación de lo divino es la mar de interesante) como el heredero Ramsés. Porque lo más atrayente y original de Exodus: Dioses y reyes –sin llegar a ser tan oscura y ambigua como el Noé, de Aronofsky– es que los héroes y los villanos, a pesar de su eyeliner y sus dorados, parecen personajes del futuro disfrazados de pasado. Olvidada la actitud teatral y grandilocuente (para eso están los escenarios) ese Ramsés con actitud indómita, sí, también derrocha un talante macarra de segunda (Joel Edgerton está estupendo), acentuado por actores que desentonan de primeras (Aaron Paul, de Breaking Bad, luciendo greñas) y amiguetes desaprovechados (Sigourney Weaver y sus tocados pasaban por allí). Que el director ha metido tijera… seguro, porque, en ocasiones, el espectador, que sigue el hilo bíblico (como si de las páginas de un popular cómic se tratara), no logra encajar alguna pieza (en concreto, a determinados actores y sus motivaciones) en este vistoso y llamativo parque de atracciones donde la entrada da derecho a casi todo. También a esperar otra propuesta más audaz o menos guiada por la épica bíblica. Si las expectativas son disfrutar de las heroicidades de un Moisés desmitificado y sentarte en el cine a deleitarte con los efectos especiales, no lo dudes. Es Christian Bale, magnífico como héroe humanizado, enamorado –de nuestra María Valverde–, alejado del arquetipo al que nos habíamos acostumbrado.

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