Érase una vez en Hollywood

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Por - 22 de julio de 2019

“Mi país me da asco”. Esa era, a grandes rasgos, la declaración de Quentin Tarantino en Los odiosos ocho, una película tan desesperanzada y tan malévola que, tras verla, uno sintió deseos de preguntarle al autor de Kill Bill si le apetecía quedar para tomarse  algo. Pero han pasado cuatro años y ahora resulta que el nuevo trabajo del cineasta rebosa diversión y buen rollito. De hecho, podría ser el primer título de su filmografía que merece sin ambages el calificativo de “comedia”.

¿Serán los efectos de su reciente boda? ¿La noción de que Donald Trump la espichará algún día? ¿El recuerdo de la Los Ángeles de 1969, esa ciudad en la que un Quentin de tres añitos se hinchaba a ver la tele? No lo sabemos. Solo tenemos claro que, por una vez, esta película no plantea ningún cuento moral disfrazado de pastiche cinéfilo. O, al menos, no del todo. Si Érase una vez en Hollywood invita a algo es a arrellanarse en la butaca y reírse del cine y de quienes lo hacen.     

Tarantino logra esto, en parte, renunciando por igual a la sordidez y a la trascendencia tanto en su ambientación (desde el vestuario a la banda sonora, los clichés sixties son felizmente evitados) como en su relato. En las antípodas de Cautivos del mal o El juego de Hollywood, y olvidando a posta el hecho de que 1969 fue el año en el que las nuevas olas pusieron pie (Easy Rider mediante) en los grandes estudios, esta película nos lleva de paseo por platós televisivos (un mundillo cuya cutrez chocará a los criados en la era post-Los Soprano) para presentarnos a los intérpretes de segunda fila que les servían de carne de cañón.

Es ahí donde entran en juego la buena mano del director para la parodia (afectuosa esta vez) y, sobre todo, los talentos de Brad Pitt y Leonardo DiCaprio: todo lo bueno que se diga de ambos es poco, con el primero en funciones de tipo duro y enigmático (y, a veces, sin camiseta: ¡bravo!) y el segundo poniendo su histrionismo en modo El lobo de Wall Street para encarnar a un saco de ego y de autocompasión cuya carrera daría excusa para un mockumentary estupendo. Y de hecho lo da, incluyendo un guiño a los hermanos Romero Marchent y sus épicas made in Almería.

El tercer vértice de la película, no menos importante, es esa Margot Robbie cuyas pocas líneas de diálogo quedan compensadas por el empeño en hacerla símbolo de todo lo bello y bueno que pudo ofrecer la Meca del Cine. Idea que cristaliza en una proyección de La mansión de los siete placeres (1968) convertida en prodigio por la maña del montador Fred Raskin y el talento de la australiana para expresar infinidad de cosas a través de una sonrisa amplísima.

Es una pena, pues, que Robbie sirva como nexo entre las mejores partes del filme y su eslabón más débil. Porque, aunque Tarantino quisiera dejar claro que odia a los hippies (y vaya si lo deja claro), su retrato de Charles Manson y su secta aparece tan falto de matices como de interés por una historia que no fue solo sangrienta, sino también trágica en muchos otros aspectos. Qué le vamos a hacer: las películas sin fisuras nunca han sido lo suyo. A nosotros nos basta con la alegría por ver a Quentin tan animoso y dispuesto a divertirse, una vez más, con nosotros.

El director de 'Pulp Fiction' vuelve a reír en uno de sus filmes más desparejos, pero también más vitales y divertidos.

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