Por - 05 de noviembre de 2018

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La verdad de Entre dos aguas es ficción. De primeras, puede que cueste entenderlo, pero eso, qué duda cabe, es el buen cine. Hay un ejemplo sencillo, muy pronto en la película, después de rodar el parto de la tercera niña de Isra, un poli se acerca él y le pone unas esposas. La secuencia, puro Audiard, es mentira. Isra nunca ha estado en la cárcel pero muchos de sus amigos, ases del menudeo gaditano, sí. Hay mucho de verdad en esta ficción y por eso, emociona tan profundamente.
Cuando Isra sale de la cárcel en Entre dos aguas nadie va a recogerlo. Se monta en un autobús y el paisaje gaditano, inmenso, azulísimo, se mezcla con sus recuerdos, un día de nieve en el que su hermano y él jugaron a tirarse bolas con la misma ilusión. Isaki Lacuesta filma su mirada, la de un niño, mientras los arpegios de Kiko Veneno –Refree mediante–, arpegios de guitarra española, hermosos y trágicos, presagian una vuelta a casa conflictiva, un hogar en el que ya no tiene espacio en los cajones para sus cosas. De esto trata, en gran medida, Entre dos aguas, de la vida en San Fernando, de las vidas posibles en La Isla, paraíso de aguas cristalinas y arenas sedosas con chabolas en primera línea de playa donde el destino tiene pocas vertientes: o poli o caco.
No es poca cosa. Quitando Apuntes para una película de atracos o Carmen y Lola, felices coincidencias en cartelera, pocas películas de nuestra cinematografía reciente parecen preocuparse por personajes de otra clase social y más allá de Madrid o Barcelona. Isaki Lacuesta e Isa Campo, que en La leyenda del tiempo descubrieron que el cine permitía viajar y conocer de esa manera, regresan al Atlántico para imaginar qué fue de los personajes protagonistas de su segunda película. Isra y Cheíto son esas vidas posibles en el sur más pobre de España. Una, la de Cheíto como panadero en el ejército. Otra, la de su hermano, marcada por la cárcel y el trapicheo de drogas, que no encuentra otra salida que mariscar entre el barro, entre cristales rotos, o recoger y vender chatarra, y no le saca ganancia ni por sus tres niñas pequeñas. Ambas, con la muerte del padre tatuada en la espalda, esa gran tragedia que rompe la película en dos aguas, y a los hermanos en canal, sobre todo a Isra.
Isaki Lacuesta, junto a Fran Araujo e Isa Campo, escriben para Isra y Cheíto, tras años de conocerlos y escuchar sus historias en San Fernando. Ahí radica su verdad –con altas cotas como la pelea entre los hermanos, el colega marroquí que se prepara el examen para que le den la nacionalidad española, las secuencias con las niñas…–, pero también en su trabajo interpretativo. A fuerza de emocionar, sería injusto que ignorásemos la actuación de Israel Gómez Romero, así, con nombre y apellidos, esa especie de Antoine Doinel en pisha al que venimos siguiendo desde que era un mocoso con rizos que quería ser guardia civil. Que a Israel le llamen unos cuantos representantes después de ver su talento y su encanto en Entre dos aguas es importante –ojalá un trending topic–. Mucho más que hacer o no hacer chistes de gitanos.

Sería importante que unos cuantos representantes llamasen a Israel Gómez Romero, el Antoine Doinel pisha que aquí emociona profundamente.