En el sótano

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Por - 11 de enero de 2016

Si asumimos que al Infierno se llega bajando, qué mejores lugares que los sótanos para alojar los comportamientos antisociales y, de paso, para mantenerlos a buen recaudo. Y quién mejor que Ulrich Seidl, retratista simpar de lo feo y lo grotesco en el ser humano, para llevarnos de paseo por las plantas bajas de una sucesión de habitantes de la Austria profunda: uno la usa para practicar su puntería con la pistola mientras canta ópera; otro la ha convertido en un museo del nazismo, repleto de retratos de Hitler y maniquíes vestidos con el traje de las SS; y otro baja las escaleras para dejar que su dominatrix lo cuelgue del techo por el escroto, o le haga lamerle los genitales mojados de orina.

A menudo Seidl contempla a esos individuos mientras permanecen quietos como estatuas mirando a la cámara, en un tipo de plano fijo que busca el humor impertérrito y que revela al austriaco como una versión morbosa de Wes Anderson. El austriaco contempla pero, ojo, no juzga. Deja que sus objetos de estudio defiendan sus gustos sin sentir miedo ni pedir disculpas por ello. Y es en última instancia ese matiz lo que legitima su película como algo más que un mero freak show: una vivisección de esa forma de deseo que no se conforma a las buenas formas ni distingue entre un beso y un latigazo ni entre una esvástica y una almeja, y ante el que no procede ni burlarse ni escandalizarse porque, en realidad, todos tenemos el sótano lleno.

Ideal para subirte el ánimo: tú estás mal, pero otros están mucho peor.