El vendedor de sueños

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Por - 10 de septiembre de 2019

Disculpen de antemano la anécdota, pero creo que procede. Resulta que mi peor recuerdo de Erasmus fue mi compañero de piso. Era un muchacho brasileño llamado João. Lo que empezó, al conocernos, como una apuesta del uno por el otro, terminó como un fracaso de convivencia entre dos culturas. La del español que quería liarla y tener ginebra en su nevera, y la del brasileño que buscaba hacer amigos con una botella de vino. Ambas válidas, ambas irreconciliables.

Igual que mi excompañero y yo no nos entendimos, intuyo que la brasileña El vendedor de sueños está fabricada para un porcentaje muy pequeño de, sin embargo, adeptos convencidos. La historia de un vagabundo (C. Troncoso) con un pasado convulso que posee en su interior toda la sabiduría de la que carece el ser humano moderno. Adaptación de una novela superventas, similar a las de Paulo Coelho o Jorge Bucay, parece un producto pensado para el nicho de fanáticos de la filosofía doméstica, las lecciones rápidas y reflexiones cortas. Además, transpira drama sin reservas, es tan emocional que quizá solo se entienda en un mercado latinoamericano en el que todavía triunfa ese registro catastrófico. Al verse con ojos patrios queda exagerada. Como esas series y telenovelas de sobremesa que a algunos nos resultan ajenas y a otros apasionan. A João le molaría.

Maktub en brasileño. Transpira drama sin reservas.