Por - 12 de octubre de 2016

Un señor mayor bastante irascible, con una enfermedad degenerativa, se ve obligado a tragarse su orgullo y ser atendido por una cuidadora húngara que le devolverá las ganas de vivir. El cine parece retroalimentarse constantemente de este tipo de tramas lacrimógenas con personajes estereotipados. Algo de eso hay en la película de Edelényi, un continuo déjà vu que remite a Intocable o la más reciente Antes de ti, y que ralentiza el ritmo de la acción hasta límites insospechados.

Sin embargo, el filme huye de sentimentalismos vacuos. El director húngaro retrata, con la dosis justa de ironía y ternura, una relación entre dos personas totalmente diferentes (un ex actor teatral acostumbrado a la luz de los focos y una aspirante a actriz), pero con mucho que aprender la una de la otra. Como, por ejemplo, que son más las cosas que los unen que las que los separan. Da igual cuántas veces Sir Gifford, británico de pro, se burle del acento húngaro de Dorottya (“¿Cómo te llamas? ¿Burrito?”). Esa joven que “no sabe hablar inglés” recita Hamlet tan bien como él, y lo apoya más que su propia hija.

Edelényi, un húngaro dirigiendo una coproducción con Reino Unido, protagonizada por un escocés y una austrohúngara, evidencia que existe un idioma universal que no entiende de edades ni nacionalidades. Llamémoslo cine, teatro, arte, cultura o sensibilidad. Todos somos hijos de Shakespeare.

Todos somos hijos de Shakespeare, de aquí a la Cochinchina.