El ultimátum de Bourne

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Por - 14 de agosto de 2007

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El diccionario ya no sirve. Hay que ir al cine. Paul Greengrass ha inventado con imágenes la nueva acepción de la palabra “trepidante”. Él es el auténtico cineasta “de masas”: la calle es suya, nadie como él para colocar la(s) cámara(s) entre la multitud, en un juego a tres bandas entre verismo, velocidad e imaginación. Nadie como él para impregnar de pura realidad, palpable como un paseo por los orines del Madrid de Bourne, una ficción imposible: a la ya de por sí esperanzadora nueva imagen de las películas de agentes secretos que nos dejó El caso Bourne (Doug Liman, 2002), Greengrass, director de Bloody Sunday y Vuelo 93, dos imprescindibles estallidos de realidad, le añadió su sello en El mito de Bourne (2004) y convirtió a James Bond en Sancho Panza, como paso previo para coronar a Bourne 3 como la mejor película de este verano. Directa al Top 5 del año.

Saquemos pancartas a la calle para que Paul Greengrass dirija una cuarta parte. Y que el inmenso (siempre lo fue, ¿o no recuerdan ya su Ripley?) Matt Damon vuelva a plasmar la lucha de contrarios en la CIA, en EE UU, en el mundo, un enfrentamiento que lo mueve todo (cambio climático y debate Menotti-Bilardo incluidos). Sus personajes cierran la puerta al salir del coche y no parecen turistas rodeados de extras por medio mundo. Está pasando, lo estás viendo. Y si el guión de los tres Bournes es de Tony Gilroy, que no es ningún crack, el mérito tiene que ser de este hombre empeñado en hacernos creer todo lo que sucede en pantalla, incluso que un hombre vuele por los tejados de Tánger o que los coches barran N.Y. 

Jason Bourne ya sabe quién es (le faltan los porqués). Nosotros, no tanto, pero empezamos a intuirlos. Y, como a él, no nos gusta nada lo que hay. Sólo él es responsable de haberse entregado voluntariamente a la CIA para lo que fuese menester. También los norteamericanos son responsables de su voto. Greengrass, sibilino, lo deja caer. Como si quisiera que, de golpe, alguien recobrase la vergüenza perdida. 

CARLOS MARAÑÓN

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