Por - 10 de julio de 2019

No recuerdo la primera vez que vi El rey león (1994). Tenía tres años cuando se estrenó, así que me adentré en aquel reino animal en VHS. Confieso que nunca fue una de mis películas favoritas de Disney, pero, por alguna razón, siempre volvía a ella. Me sabía sus canciones al dedillo (sigo haciéndolo) y, cuando pienso en escenas de los filmes de mi infancia, allí está Simba, tratando en vano de rugir. 

Ese rugido sigue sonando alto y claro en esta nueva adaptación, alegoría perfecta del proceso de crecimiento en el que acompañamos al protagonista desde que es un cachorro acorralado por las hienas, incapaz de emitir casi un gruñido, hasta erigirse sonoramente en el nuevo rey de la sabana africana, pasando por sus intentos de bramar antes de la estampida fatal. Un rugido que marca de forma magistral el desarrollo de la trama, y se convierte en metáfora de poder, de pérdida y, finalmente, de redención.

Esta nueva versión del clásico animado de tu infancia desecha vueltas de tuerca (Maléfica) o subtramas que tratan de actualizar el filme original (Aladdin, La bella y la bestia). En su lugar, opta por reproducir a su predecesora de casi forma clónica, prácticamente fotograma a fotograma, como quien asume que, al no poder superarla, solo cabe honrarla copiándola con todas las herramientas tecnológicas a su disposición.

Emociones (la tristeza tras la muerte de Mufasa, el miedo a Shenzi, la cabecilla de las hienas, y la alegría contagiosa de Timón y Pumba) e imágenes guardadas en nuestras retinas (el estornudo de Simba, Rafiki alzándolo en la roca del rey o el pequeño león creciendo junto a Timón y Pumba mientras entonan Hakuna Matata con la luna de fondo) se dan de la mano para volver a reconquistar al niño que fuimos, pese a perder inevitablemente algo de magia (y de expresividad animal) al tratarse de una aproximación más realista. 

Así pues, la película no aporta nada nuevo y es innecesaria, pero casi todo luce 25 años después para regocijo de nuestros corazones nostálgicos: los paisajes, la magnífica banda sonora, los animalitos monines más achuchables que nunca… Y entre todos ellos, Timón y Pumba, robaescenas oficiales, descacharrantes, sembrados en todos los sentidos; Beyoncé y Daniel Glover cantan muy bien, ya lo sabíamos, pero ni siquiera este dúo es equiparable al humor afilado y a la vez inocentón de Billy Eichner y un Seth Rogen en estado de gracia. 

El rey león de Jon Favreau (que ya demostró su buen hacer tecnológico en El libro de la selva) es, sobre todo, un hito en lo referente al avance de los efectos visuales, una proeza CGI que abraza y propaga el mismo mensaje de amor, de amistad y de autodescubrimiento que hizo del filme original todo un éxito en 1994. Su mayor logro pasa precisamente por recordarnos lo buena que era aquella producción de Rob Minkoff y Roger Allers, con música de Hans Zimmer. Pese a las limitaciones técnicas y a que la película clásica siempre será la película clásica, el rugido de Simba sigue sonando alto y claro, mientras el adulto que somos disfruta una vez más (aunque un poco menos) como el niño que fuimos.

La nueva 'El rey león' ruge al son de 'Hakuna Matata' en esta proeza de la tecnología CGI que intenta reconquistar al niño que fuimos.

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