El renacido

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Por - 03 de septiembre de 2015

Ni siquiera los santos se han puesto nunca de acuerdo sobre la cuestión: ¿Cuál es la mejor forma de alcanzar la trascendencia? Santa Teresa de Jesús apelaría al éxtasis de tú a tú con Dios mientras San Isidro Labrador sacaría los aperos de labranza, bajaría al tajo y sólo miraría al cielo para ver si llueve. Alejandro González Iñárritu ha tocado el firmamento de Hollywood (todos sus largometrajes han obtenido nominaciones en los Oscar), pero su techo está más arriba: busca pasar a la historia y convencernos de que además de buenas, grandes películas, su obra es mucho más, nos trasciende. Un camino paralelo ha recorrido Leo DiCaprio, cuidadoso en la elección de los papeles y los cineastas con los que trabaja. Aunque sin suerte con la Academia (¿hasta esta película?). Quizá precisamente por eso actor y director han reunido el hambre y las ganas de comerse el mundo del cine y asaltar los cielos; la simbiosis entre cineasta culterano y estrella universal ha resultado perfecta en El renacido, cine épico de primorosa factura, efectismos bien pulidos, tremendismo muy disfrutable y ambientación irreprochable. Destacar a DiCaprio se hace casi redundante, lleva años a un nivel altísimo, capaz de sobreponerse incluso a los postizos de J. Edgar. Igual que el indomable Tom Hardy, que compone un nuevo personaje con recovecos (sin máscara, y casi sin cuero cabelludo) compitiendo con unos primorosos villanos franceses dignos de una película de The Archers. Sumémosle a eso una escena convertida en suceso y un rodaje herzogiano (o kinskiano), y obtenemos un espectáculo, eso que nuestros mayores llamaban, sin darle muchas vueltas, un peliculón.
Aunque aparentemente esta es la primera vez que Iñárritu ha optado por una historia y un estilo bigger than life, era cuestión de tiempo que el director que pesó el alma en 21 gramos, halló respuestas a la ausencia en varios continentes a la vez en Babel y escaneó las sombras de la mente del actor en Birdman, subiese otro peldaño en su escalada al Olimpo de las ínfulas. Digamos, pues, que a pesar de entrar en un territorio hostil como el cine de aventuras, subsección supervivencia, su cambio aparente de tercio no es total. La acción, la venganza y las peripecias están ahí. La poética trascendente, también. Multiplicada por la luz. Apoyado como en Birdman en el magnífico trabajo de Emmanuel Lubezki (habitual de Cuarón y de, apunten, Malick), las líneas visuales del filme recuerdan no sólo a El nuevo mundo, minusvalorada gran película con la que comparte terreno, sino al último y pretencioso cine del director de El árbol de la vida. Y aquí volvemos a las vidas de santos: es tan potente la aventura (basada en hechos reales, novelados en 2002 para ser un bestseller), con su entraña vengativa, la original relación padre-hijo y un descollante salvajismo animalista que el lirismo de su baile con los lobos del indigenismo y sus deidades supone un barroquismo trascendente añadido, edulcorante. Salvajes somos todos, quizá por eso Iñárritu elige la mística para alcanzar el éxtasis. A El renacido le bastaría con ser la gran película de aventuras que es, pero su director siempre quiere más.

Iñárritu baila con lobos y busca el éxtasis en una aventura salvaje. DiCaprio y Hardy hacen el trabajo sucio más épico.

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