El puente de los espías

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Por - 10 de julio de 2015

En 1957 el mundo sobrevivía en un resfriado permanente, al borde de un estallido de fiebre. Steven Spielberg lo sabe bien porque estaba allí. Por eso, y porque el tópico sigue confirmando que lo ve todo a través de los ojos del chaval que fue, él es el niño de la película, el hijo de Tom Hanks en una nueva incursión del cineasta para convertir el universo entero en un asunto de familia. Lo curioso, y lo que le ha hecho grande, es que siempre lo consigue. Lo trascendente (y lo enjuiciable para el crítico una vez asumido ese reto eterno del cineasta) es cómo lo hace en cada película.

Spielberg es el niño. Y también sus miedos. Mayores y más oscuros desde hace varios filmes (La guerra de los mundos, Munich, War Horse, Lincoln), en los que el sufrimiento sólo da paso al alivio. El puente de los espías es una película para adentro, casi secreta para los estándares del Rey Midas. El fondo se hace forma, y además de darle mucho trabajo a su director de fotografía Janusz Kaminski para oscilar entre capitalismo y comunismo, y de prescindir de la grandilocuencia amable de John Williams (sólo falló a su cita con Spielberg en El color púrpura) con Thomas Newman, deja miguitas del rastro de los hermanos Coen (humor hasta en el infierno) en un guión en el que todo el mundo ha cogido frío y se suena los mocos con pañuelo pero no pide recursos cinematográficos epatantes. Todo queda a la altura capriana del buen americano medio, salvo el abrigo de Saks.

Su apuesta por llevar la Guerra Fría al comedor de una casa de clase media a la hora de cenar es en realidad dos películas en una, unidas por su actor fetiche, competente y empático siempre, hilo conductor de una obra que no acaba de encajar en ninguna de las líneas maestras de su filmografía, pero que tiene algo de todas, excepto el gusto por el espectáculo. La primera es una película de abogados despojada de toda parafernalia: sin juicio, sin las pelucas de Amistad, con discurso pero sin suerte para el caballero sin espada (que defiende a un impoluto Mark Rylance) en la mejor adaptación del anhelo buenista de Frank Capra que se puede encontrar en el cine del siglo XXI. Hasta aquí, Spielberg compone otro himno al patriotismo constitucional de EE UU.

De James Stewart a James Stewart, la segunda de las películas dentro de El puente… es un Hitchcock desbravado, El topo con los espías al descubierto. Como Hanks, el hombre que sabía demasiado, un ser íntegro de una pieza que recuerda también a su personaje de La terminal (último filme que rodaron juntos), metido en un lío que sólo puede solventar de la única manera que sabe, siendo fiel a sí mismo. Y regresando a casa.

Ambas partes son también esos dos mundos enfrentados a los ojos de aquel niño que pasó tanto miedo: aparentemente cordial, Spielberg salda cuentas y elige vencedor en la Guerra Fría desde la ventanilla del metro en un paralelismo definitivo. La sutil apología final del abrazo es más bien el resumen perfecto de su carrera como director, un genio para alcanzar el confort del espectador sorteando todas las adversidades técnicas y temáticas, todos los retos cinematográficos imaginables. Igual que sus protagonistas, que buscan el hogar por el camino más largo, el del héroe.

Dos películas en una (la de abogados y la de espías) para abrazar al vencedor en la Guerra Fría: Tom Hanks.

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