El peral salvaje

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Por - 29 de julio de 2019

La nueva película de Nuri Bilge Ceylan es larga, densa y avasalladora por su verborrea y la complejidad de sus ideas; también está llena de pasión y sensualidad y lirismo, y de un montón de verdades sobre la naturaleza humana. Su trama principal, eso sí, es sencilla: qué va a hacer con su vida un joven –y mediocre– aspirante a escritor llamado Sinan, y cómo su complicada relación con la generación previa y en especial con su fallido padre afectarán a su futuro. Y, en sus primeros dos tercios de metraje, es desarrollada a través de una sucesión de conversaciones tensas y fascinantes sobre asuntos como la posibilidad de cambio en las personas, el conflicto entre lo viejo y lo nuevo, el sentido del arte y la religión en la Turquía actual y la dificultad para afrontar nuestra propia insignificancia en el universo.

A medida que se acumulan y oscilan entre lo mundano y lo existencial, esas charlas confieren a El peral salvaje la envergadura de una epopeya; de hecho, lo que sucede a través de ellas es el viaje espiritual de un muchacho demasiado altivo y arrogante. Pero el tránsito es tan íntimo, tan lleno de ironía e ingenio y carente de grandes momentos, que todo ese peso resulta sorprendentemente liviano. Y a ello sin duda contribuye la colección de imágenes cautivadoras que lo ilustran –un bebé dormido cubierto de hormigas, una siesta vespertina que más bien parece la escena de un crimen, un beso clandestino que se convierte en mordisco lujurioso– y cuyas connotaciones telúricas establecen un afilado contraste con la sencillez de las escenas discursivas. Y, a bordo de ese diálogo entre lo mundano y lo mítico, la película se adentra en su último tramo de metraje y Sinan en el último de su odisea, durante el que descubrirá qué terriblemente equivocado estaba. Contemplarlos a ambos resulta devastador.

Una nueva adición a la colección de obras maestras de Nuri Bilge Ceylan.