El luchador

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Por - 27 de febrero de 2009

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 Nando Salvá

‘EL LUCHADOR’ NO PARECE UNA PELÍCULA de Darren Aronofsky. Por su austeridad visual y su uso de la cámara, podría haber sido rodada por los Dardenne. Ya queda claro al principio, cuando, además, Aronofsky se resiste a mostrarnos el rostro de Mickey Rourke, como si su protagonista fuera el monstruo de una película de terror. No lo es, es un colega de Hulk Hogan en el ocaso, que suplementa su trabajo en unos almacenes con apariciones cada vez más arduas en el circuito independiente de la lucha. Cuando finalmente nos lo enseña, vemos algo parecido a un bulto de masilla mal cincelado. Para Randy no hay victoria posible, aunque aun así su alma rota permanecerá fiel a un código personal brutal y dañino. Ofrecer una apariencia externa rocosa es un valor a mantener, incluso con calmantes y esteroides, para luego, en el ring, abandonarse a su demolición. El luchador brilla siempre que transcurre allí, entre las cuerdas, y en los vestuarios. Retrata con afecto a los luchadores profesionales, obreros del entertainment, y nos muestra por qué los jóvenes luchadores idolatran a Randy: admiran su persistencia y, además, eran fans suyos en los 80, donde Randy vive anclado. Es fuera de la arena donde la película flaquea, en esa hija hostil con la que ocupa un escenario de reconciliación lleno de lágrimas y airados discursos del tipo “nunca estuviste cuando te necesité”, y en esa stripper en la que busca calor, que también ha perdido su tren y que también es una actriz: no desea a sus clientes igual que los wrestlers no se odian entre sí. Sí, las peleas están pactadas. Pero duelen. La línea entre realidad e interpretación está menos clara de lo que asumimos. Como en las películas: el físico casi cubista de Rourke (fruto de las tortas que recibió en sus años de boxeador y de una desastrosa cirugía) hacen aquí casi todo el trabajo. Ofrece una interpretación tremenda que El luchador se limita a documentar en forma de parábola cristiana más bien obvia. El wrestling es todo cuanto Randy conoce, y su devoción será recompensada con una parálisis o con la muerte. Pero se niega a traicionarse, y es en su aceptación de que una vida basada en la autodestrucción sólo puede acabar de una forma donde esta película sitúa la medida de su nobleza.

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