El llanero solitario

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Por - 21 de agosto de 2013

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Los héroes ya no engañan a nadie. Y si son de una pieza, todavía menos. El mundo entero piensa que son aburridos y no paramos de buscarles cicatrices. Lo han descubierto incluso en Can Disney, hogar tradicional de las lecciones morales en pantalla. Si algo dejó la franquicia de Piratas del Caribe, al margen de dinero y una buena cantidad de montañismo ruso en cantidad decreciente según corrían las (4) secuelas, es una renovada versión de lo que podríamos llamar la Teoría del Protagonismo en el cine. Es cierto que no hablamos de algo particularmente transgresor: Wilder ya le dio la manija a un muerto en una piscina crepuscular, Ford repartió verdad y leyenda entre dos actores contra Liberty Valance y Hitchcock mató a su principal personaje y cambió de caballo a mitad de carrera en Psicosis, por no hablar de los Doineles vanguardistas. Pero hay algo en el personaje de Jack Sparrow que ahora regresa convertido en el indio comanche Tonto (Toro en la versión doblada, su nombre tradicional en Iberoamérica) con parecido disfraz que nos carga y nos sulibella a partes iguales.

En un tiempo en el que la imaginería visual se da por supuesta, era lógico este retorno a la iconografía popular del western fronterizo, aplicando la moderna corrección política a la defensa de los indígenas norteamericanos a los descarrilamientos de trenes, las minas de plata y las placas de sheriff (o ranger, que viste más). Aquí el espíritu de Piratas del Caribe se escora a los andurriales de la espléndida versión reciente de El tren de las 3:10 en la acción, y su supuesto héroe, que a eso íbamos, sería la cara legal de una moneda compartida con la jeta del Zorro de Antonio Banderas. Pero el Llanero es una excusa para que Johnny Depp se adueñe a su manera, la de su propio cliché (lo odias o lo amas) adaptado al Oeste (y sabe de qué va desde que dobló al camaleón Rango) de lo que empezó como un serial radiofónico en los 30, pasó a serie de TV en los 50 y podría ser otra franquicia en el siglo XXI (si no lo impide su fracaso en EE UU). El personaje de Depp, cicatriz del presunto héroe y auténtico protagonista incluso sin contar sus minutos en pantalla, acaba confirmando las tres mentiras de El llanero solitario, que ni llanea (aquí hay vértigo a punta pala), ni cabalga en solitario ni es el protagonista real de su propia historia.

Huele a mecha de dinamita de fórmula taquillera por todas partes, bien es cierto, pero qué más da si la autoparodia y la acción continua funcionan coronadas por ese triple engaño que concilia el gancho, inexplicable al paladar de hoy, que tenían las novelitas de Marcial Lafuente Estefanía con una estética de colorismo polvoriento (toda vaquerada va a acabar recordando a la estética thai de Las lágrimas del tigre negro). La aventura cruda, evasión pura, se justifica desde el prólogo, un pegote genial, con una pizca de crisis traída desde la Gran Depresión (y vinculada tanto a Oz como a la grandiosa serie Carnivàle) y se cierra en bucle sobre aquellas grandes mentiras con un nuevo espejismo espiritual más. Al fin y al cabo, casi siempre acabamos yendo al cine a que nos engañen. O a engañarnos a nosotros mismos, incluso cuando ya sabemos con qué bucaneros del Oeste nos vamos a encontrar. 

 

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