El libro de la selva

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Por - 28 de septiembre de 2015

Esta nueva versión de El libro de la selva no sólo responde a la estretagia de Disney de hacer remakes en acción-real de todo su catálogo de clásicos , sin reparar en gastos ni talentos; también al sueño de su fundador, Walt, de acercar la Naturaleza al gran público empleando la última tecnología -en la década de los cincuenta prudujo catorce documentales de animales de la colección True-Life Adventures y más tarde creó la clásica atracción The Jungle Cruise, algo que recientemente fue perfeccionado y revitalizado con la creación del sello Disney Nature o el parque Animal Kingdom. O dicho de otro modo: la nueva Edad de Oro (Económica) que vive la compañía se basa en presentar lo viejo como si fuera nuevo, para conquistar a las nuevas generaciones y alimentar la nostalgia (¡ay la nostalgia!) de las viejas.
Jon Favreau, que le abrió las puertas de Marvel con Iron Man y su secuela, no sólo conoce, ama y respeta los orígenes: también es un cineasta de su tiempo al que no ha pasado desapercibido el antes y después que marcó Avatar. Su versión del clásico de Kipling logra el milagro tecnológico de reproducir en un estudio de Los Ángeles una jungla digital en la que tanto la épica (la estampida de ñus reyleónica) como la letra pequeña (el plano detalle de un insecto) están al mismo nivel y sus animales parecen reales, poseen alma y dimensión dramática –paradójicamente el único personaje no generado por ordenador, Mowgli, es el único que parece un dibujo animado. Lo mejor es que no se ha olvidado del cine y tiene varios golpes de genio: el flashback cavernario proyectado en el ojo de la serpiente Ka, la reinterpretación del número musical del imponente rey Loui o el préstamo vocal (¿y de personalidad?) de Bill Murray al oso Baloo, de nuevo el gran roba-escenas.
La nostalgia es invencible y nada podrá competir con el recuerdo que tenemos de la original, que no sólo fue la última cinta animada supervisada por Walt antes de su muerte en 1966; también una de las más frescas y chispeantes, con una banda sonora que se desviaba del canon. Su director lo sabe y hace un leve guiño musical (en un filme no-musical) al fan viejo mientras enriquece el material de cara al nuevo con una ueva dimensión visual, más ternura y humor y un mensaje de auto-aceptación e integración del diferente (muy en sintonia con las últimas producciones del estudio, especialmente Zootrópolis) mucho más rico y complejo. Ojalá la avalancha de remakes que vienen detrás sigan su senda.

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