El hotel a orillas del río

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Por - 26 de agosto de 2019

Cae la nieve y vuelan las urracas a orillas del río Han, donde se encuentra el hospedaje que da título a la última película de Hong Sang-soo. Rodada en apenas un puñado de días de invierno a principios del año pasado, se enmarca dentro de la prolífica obra del cineasta (esta primavera ya estaba filmando de nuevo en Seúl) en el apartado dedicado a los relatos invernales con fotografía en blanco y negro; octava colaboración con Kim Hyung-ku, el anterior operador de confianza de Bong Joon-ho. Eso no significaría necesariamente que la película vaya a ser más seria o pesarosa, pues ahí están Oki’s Movie o The Day He Arrives como ejemplos blanquinegros de sus habituales comedias puzzle de desencuentros amorosos, pero es cierto que ese rasgo ha dado un plus más de intensidad a los mayores dramas del coreano. Y así ocurre en El hotel a orillas del río, donde se muestra más preocupado que nunca por la mortalidad y el legado, por aquello que queda de nosotros en otras personas cuando desaparecemos de su vida.

En la que con toda seguridad es una de las historias más corales de Hong hasta la fecha, el aclamado Ki Joo-bong (premio de actuación en Locarno y Gijón, donde el filme también se hizo con los galardones de mejor película y mejor guion) encarna a un viejo poeta que, ante el pálpito de hallarse en los últimos días de su vida, decide citar en un hotel a sus dos hijos adultos, a quienes tiempo atrás abandonó con su madre. Mientras, en la habitación de al lado una amiga consuela a otra tras un desengaño amoroso. Los relatos de ambos grupos no se cruzan salvo por un par de momentos aislados en los que el poeta entra en contacto con las mujeres, que parecen recién llegadas de alguna otra película paralela del universo compartido Hong con su crisis sentimental, una mano herida y un accidente de coche como historia de fondo de la que no sabremos nada más allá de pequeños indicios; detalles tan atractivos y esquivos como un gato que de repente visita el encuadre y se aleja para no volver.

En El hotel a orillas del río Hong vuelve a practicar un leve desvío en sus conocidos rasgos de estilo. El montaje y la estructura narrativa ya no practican juegos de duplicidades y variaciones, sino que van engarzando escenas de largas conversaciones en un fluir punteado por intermitencias, como los copos de nieve que se posan y derriten sobre el abrigo negro de Kim Min-hee. La cámara no está fija, vibra en temblorosos reencuadres; hay zooms, pero también un insólito uso espectral del desenfoque durante la declamación de un poema de desolación y gasolinera. Al cambiar sus habituales crónicas de fracaso amoroso bañado en soju por una fijación existencialista, Hong se acerca a las angustias que tanto plasmara Bergman y, con el poso melancólico en los actos de estos hijos sin padre y este padre sin hijos, hace pensar en Jean Eustache. Tentativos ascendientes (junto al Luis Buñuel que pudo imaginar la cafetería, pasillos y jardín de este hotel imposible) de un cineasta que, ante todo, es su propio linaje; tan genuino e intransferible como sus películas.

Amargura existencial, melancolía sentimental y peluches ridículos: todo lo que se encuentra bajo la nieve de otra obra maestra de Hong Sang-soo.