Por - 11 de enero de 2016

El primer largo de László Nemes no cabe en el parque temático sobre el Holocausto que nos hemos montado entre todos para poder asumir tanto dolor. Lo hicimos con mucho respaldo del cine, de cierto cine, punta de lanza de lo que la cultura oficial ha acabado admitiendo como si tratase de absorber la culpabilidad y la vergüenza de sí misma en los crímenes nazis. Que algo así surgiese en occidente hace unas pocas generaciones es difícil de sobrellevar sin unos buenos paquetes de tiritas para el alma. La imponente El hijo de Saúl pasa de poner parches de redención. Es imposible, asumámoslo pronto y a base de palos, aunque lejos de la morbosidad: tan ajenos a ella de hecho –tras un primer impacto visual que nos hace frotar los ojos de incredulidad– como puede estarlo el sonderkommando Saúl, uno de los elegidos por los nazis para las peores tareas del campo de Auschwitz-Birkenau, responsable de conducir a prisioneros a las cámaras de gas y de retirar sus cadáveres.

Lejos del lugar común en que está instalado Auschwitz en el imaginario occidental, Nemes introduce el plano secuencia en el vórtice del horror, el Holocausto como nunca lo habíamos visto antes. Desde el cogote de Saúl (una incomodidad reveladora que supera con mucho lo que Michael Mann hizo a Russell Crowe en El dilema), la cámara prueba una deconstrucción total del campo de exterminio, hermana en esencia de las límpidas (como cuchillos) confesiones a cámara de Shoah, obra cumbre de Claude Lanzmann, pero desde el otro lado del puente del abismo. Las tomas casi ininterrumpidas de Nemes serpentean con pericia extrema entre el horror hasta desmitificarlo, como hizo Spielberg con el Día D: si a alguna otra película recuerda es a los primeros minutos (y sólo a esos) de Salvar al soldado Ryan, y en nada a La lista de Schindler, de cuyo lirismo (y de cuyo anhelo vital) huye este discípulo vertiginoso de Béla Tarr.

Que ningún juicio moral contamine lo que se muestra en imágenes hace doblemente abrumadora (y dolorosa) la película. Ni siquiera sobre los responsables conocidos de aquellas atrocidades, cuyos rostros se desenfocan en el magma de un Mal que nada importa, a lo Camus. Ni Mal ni Bien, sólo instinto. Entre el sálvese quien pueda existencial y logístico (el ejército rojo está cerca) que se retrata escorado, el protagonista decide aferrarse al cadáver de un niño al que convierte en su hijo y buscar a un rabino en el caos del campo para enterrar el cuerpo en paz de Dios. Un Dios que ni está ni se le espera, claro. Nemes busca la trascendencia lejos de esos cielos. La esperanza es sólo un resorte, una obligación para seguir adelante. Su filme es una muestra de cómo la naturaleza humana puede convertir incluso los buenos sentimientos en acciones mecánicas que aseguran la mera supervivencia. No hay  nobleza que valga en el marco de tamaña depravación colectiva. Y ahí alcanza su mayor altura, que es a la vez una negrura abisal, pero nada solemne, como todo en la película, a diferencia de otros filmes históricos sobre el genocidio judío. El hijo de Saúl libera al cine de las rémoras con las que trató esa visión adocenada y rutinariamente compungida del Holocausto. Fuera del parque temático, esta película, obra de arte incómoda, nos interpela de nuevo, nos resitúa ante el horror. 

Imponente acercamiento a la monotonía del horror en Auschwitz. Salvar al sonderkommando Saúl.