El gran hotel Budapest

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Por - 21 de marzo de 2014

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La señora Fox mira a su hijo, un cachorro de zorro con un calcetín en la cabeza, y le dice: “Todos somos diferentes pero hay algo fantástico en ello, ¿no crees?”. Y al pequeño zorro de nariz aguileña y leve tartamudeo, quizás ya vestido con una chaqueta de pana, se le encharcan los ojos. Qué listas y necesarias son las madres aunque al final te abandonen. Sobre todo cuando somos adultos vestidos de chándal o niñas que fuman abrigadas con pieles, tres hermanos que se pelean por un cinturón o un buzo empeñado en matar a un tiburón. Niños tan diferentes a la gente normal. Niños que, quizás por ello, comprenden más temprano que tarde que el mundo es un lugar que está roto.
El mundo lleva roto siempre y Wes Anderson empezó a recolectar las piezas cuando todavía era un pequeño zorro. Siguiendo el consejo del eterno fundador de clubs Max Fisher, aquello de que debes dedicarte a lo que amas el resto de tu vida, encontró el sentido de su diferencia en crear pequeños mundos a escala de ese otro más grande y decepcionante. Seguían pululando por ahí, desde Bottle Rocket hasta Moonrise Kingdom, los adultos asustados y las historias fracasadas, pero sabía que con la paleta de color justa, la canción de los Kinks en el momento adecuado, un poco de zoom rápido aquí o un travelling lento allá, ese mundo nuevo parecería un poco mejor.

A base de juntar bien las piezas Wes Anderson se ha hecho mayor. En El gran hotel Budapest, el director de Viaje a Darjeeling ha subido cremallera y ha salido de su tienda de campaña para regalarnos su película más grande y ficcionada. Su protagonista, Gustave H –brillantemente interpretado por Ralph Fiennes– tiene aquel chasquidito del fantástico Sr. Fox y la paternidad mal entendida de Bill Murray en Academia Rushmore –aquí apadrinando cual capitán Haddock al genial lobby boy Tony Revolori, ¿o era Tintín el “padre”?–, pero sobre todo es un personaje de la cabeza a los pies, una ficción tan al servicio de un legendario hotel de montaña como de la potencial aventura que le pueda traer el guión. Una frenética historia de las de antes con peripecias –¿recordáis El secreto de la pirámide?–, con guiños al mejor Hitchcock y a Spielberg –Tintín–, pero tan wesandersoniana que sería ridículo decir que se parece a otra cosa que a él mismo.

Porque en esta huida peregrina de un conserje y un botones en manos de una obra de arte de incalculable valor, están todos los habituales encantos del director: el amor por los detalles y las cámaras lentas, esa música que nos reconcilia con la vida –¡Alexandre Desplat a la balalaica!–, o ese excéntrico reparto creciente que es ya una familia –la suya– de genios. Está, sí, el mundo descompuesto de fondo, la Europa de entreguerras que le inspiró la lectura del escritor suicida Stefan Zweig, pero aquí, quizás, ya no haya reconstrucción ni mundo a escala. Pues el universo Wes Anderson, ese zorro fantástico, tiene ya tanta entidad que a veces parece que nunca estuvo roto.

 

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