El canto de la selva

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Por - 06 de agosto de 2019

Un fuego en la superficie de un lago nocturno estalla en los primeros compases de El canto de la selva. Son las llamas del espíritu del padre de Ihjãc, un indio krahô adolescente que vive con su mujer y su bebé en una pequeña aldea selvática al norte de Brasil, y que se debate entre seguir su destino y convertirse en chamán o escapar de todo ello. Aunque las tribulaciones del protagonista puedan parecernos lejanísimas, en la película de la dupla lusófona formada por Renée Nader Messora y João Salaviza hay no pocos vasos comunicantes con las inquietudes de cualquier persona occidental, porque a todos nos da miedo asumir responsabilidades y, en más ocasiones de las que admitimos, optamos por la huida hacia delante. En este sentido, El canto de la selva es una exploración de la comunidad krahô a partir de aquello que nos une a ellos y no un filme que se fija en lo que nos separa, y por ello, este bellísimo relato de iniciación, filmado en un meticuloso 16mm que huye del preciosismo de postal, es una invitación a la empatía desde una posición honesta, sin artificios ni imposturas. Nader Messora y Salaviza, por otra parte, también nos hablan de los contrastes culturales a los que se enfrenta una comunidad en peligro, y, en su propuesta, consiguen documentar un ritmo vital también amenazado, una idea de los ciclos vitales como momentos únicos que merecen un tiempo que nosotros negamos.

La confusión de la adolescencia florece en la selva brasileña.