Por - 10 de septiembre de 2015

“Dame un héroe y escribiré una tragedia”, decía Fitzgerald sobre los hombres y las cumbres. La cuarta película de Mia Hansen-Løve, nuevo peregrinaje cerradas las heridas de las ausencias masculinas –Todo está perdonado, El padre de mis hijos y Un amour de jeunesse es la tragedia de un héroe. Concretamente, la de un hombre muy presente en su vida. Su hermano mayor.

Sven Hansen-Løve fue una de las figuras de la escena musical parisina de los años 90, del house, el garage, los night clubs, la coca y las fiestas. Edén arranca poco antes de la forja del héroe, con el álter ego del DJ, Paul (Félix De Givry), saliendo de una rave en medio de la nada, quedándose medio zumbado y viendo pajaritos animados de colores que no volverán a aparecer en el resto de la película. Acto seguido, vemos a Paul pinchando en fiestas caseras, haciéndose un nombre en el mundillo mientras se liga a la molona Greta Gerwig, conocemos a sus amigos, rayas, copas baratas, risas y nada de resaca. En una de esas pinchadas hay cameo de dos tipos peculiares, tirillas, caras de majos, van siempre juntos y en cuanto se acercan a los platos se ve que los respetan. Son Guy-Manuel de Homem-Christo y Thomas Bangalter, todavía no se hacen llamar Daft Punk.

Va pasando el tiempo como ocurre en las películas de Mia Hansen-Løve, escurriéndose, sin que te des cuenta. Más fiestas, cada vez más grandes. Más amigos, cada vez más risas. Más drogas, cada vez hasta más tarde. Cumplido el sueño de aparecer en Edén, el panfleto en el que están los DJs que lo “petan”, las fiestas en casa se convierten en discotecas, clubs de moda, coca en el cuarto trasero, groupies haciendo cola. La cumbre es en el PS1, el garito ultra hipster que el MOMA tiene en Queens. Hordas de gente bailando, botellas de agua en las manos. Ahí tienes un héroe… moderno.

La tragedia es su declive, pasan otros 10 años. El house deja de estar de moda, ahora lo que se lleva es David Guetta. Los nightclubs se vacían, los amigos desaparecen, las resacas cada vez son peores. Lo único que le queda a Paul es el mono. Mia Hansen-Løve, más de la era Spotify, compone un retrato generacional casi por azar –¿te imaginas el valenciano de la ruta del bakalao?–, sin interesarle demasiado la nostalgia, distante aunque sea desde dentro, un poco a la manera de Después de mayo, de su marido Olivier Assayas. Porque lo que le interesa no es eso, ni siquiera construir una tragedia como a Fitzgerald, ni distinguir entre héroes y tumbas sino, una vez más, contar la vida. Atraparla con la cámara a través del tiempo.

Retrato naturalista de la generación que escuchaba house. La cara B de Daft Punk.