Daguerrotipo

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Por - 29 de noviembre de 2017

Para asimilar A Ghost Story conviene haber pasado por Kiyoshi Kurosawa. Durante el cambio de siglo, él fue dueño y señor del thriller metafísico, o del terror filosófico, con películas señeras como Cure o Pulse (Kairo). Nadie nos ha insinuado mejor (a través de recursos cinematográficos) la presencia de lo sobrenatural en la realidad cotidiana. Daguerrotipo o Le secret de la chambre noire, la primera película que el director japonés rueda en Europa, lo sigue haciendo, aunque de una manera mucho más plausible, y emulando los esquemas del folletín romántico tipo Vértigo, con Constance Rousseau regresando cual Kim Novak de entre los muertos. Lo que quiere decir que hay fantasmas, pero que estos fundamentalmente anidan en el recuerdo de los seres queridos, fagocitándolos hasta la destrucción.

El problema de Daguerrotipo llega cuando se trata de materializar, de presentar cinematográficamente hablando, a esos fantasmas. Detrás de cada movimiento de cámara, al final de cada plano de fuga, hay una explicación cartesiana, se desprende una causalidad lógica, que neutraliza en cierta medida el suspense sobrenatural. Con el cambio de continente -no hay elenco más exótico que el que reúne en este film a Tahar Rahim, Olivier Gourmet y Mathieu Amalric con la propia Rousseau-, Kurosawa se sacudió de encima la capacidad de sugerir que le caracterizaba. En Daguerrotipo la imagen, y la palabra, se supeditan al discurso literario, más elaborado que la puesta en escena. Kurosawa se desnaturaliza, lo que no quiere decir que esta historia (que habla de atrapar fantasmas en una placa de plata, y también de plantas) no presente continuidades, al menos temáticas, con el resto de su filmografía.

Atrapar fantasmas en una placa fotográfica: la esencia de Kiyoshi Kurosawa.