Por - 12 de octubre de 2016

El cine sobre adolescentes es una constante de la cinematografía francesa desde que Truffaut puso a Antoine Doinel a correr en Los 400 golpes. La muchachada siempre ha estado ahí, pero, en los últimos tiempos, tal vez por un futuro poco esperanzador o por los problemas actuales del país, asistimos a una oleada de películas sobre este tema. Sin ir más lejos, recientemente se han estrenado Tres recuerdos de mi juventud, Un amour de jeunesse o Trois fois Manon. En ese sentido, André Téchiné ha sido un alumno aplicado: sobre la adolescencia y el despertar de una sexualidad no heteronormativa trataba su obra más conseguida, Los juncos salvajes.

Este filme se presenta como una versión pirenaica, 20 años después: vuelve a haber baños purificadores, y analogías entre la bondad de la naturaleza y la de los jóvenes. A lo largo de un curso escolar, Tom y Damien se conocen en un gélido invierno, se detestan en primavera y cuando llega el verano, hierven por el fuego hormonal adolescente, solventando sus diferencias gracias a la intervención divina de Sandrine Kiberlain (imposible no quererla). Sobra la trama militar, pero, en general, capta con delicadeza las complejidades de una etapa tan difícil de aprehender. Eso sí, teniendo en cuenta que a Téchiné lo contemplan 73 años, alguien le tendría que haber explicado que, a los 17, los chavales de 2016 ya saben lo mismo que uno de 30 cuando Rimbaud escribiera el verso que da título al filme.

Granjero busca esposo en lo nuevo de Téchiné.