Chavela

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Por - 29 de mayo de 2017

El principal reto de un documental sobre Chavela Vargas –al igual que, pongamos hipotéticamente, sobre Joni Mitchell– es seguir el rastro de su voz hasta convertirse en piedra herida por el rayo. Un proceso de metamorfosis y maceración desde la melena azabache hasta el poncho telúrico siempre regado por el mejor, que es el peor, tequila. No es tarea fácil, por lo que hay que reconocerle el mérito a este trabajo de contención hacia una de las mujeres más desbordantes de los últimos 98 años: aquí encontramos casi todas las piezas del puzzle (soledad, abismo, lesbianismo, chamanismo, charrismo, hipocresía social y algunas gotas de crónica rosa bajo el sol de Acapulco), dispuestas hábilmente siguiendo los cánones de la no ficción, aunque las directoras también se permiten licencias de metraje encontrado y proyección de diapositivas con efecto no siempre inspirado.

Fallitos, junto a algún desajuste de sonido y ciertos letreros youtuberos en las canciones, que empequeñecen ante el poderío doliente de pasajes como la relación entre Chavela y Frida, las escenas domésticas de luminosas confesiones crepusculares y, cómo no, la etapa de resurrección española, o almodovariana si se prefiere. Todo conforma el aguafuerte valioso y valeroso de una figura que, como dijo Bono de Dylan, tuvo mucho más que tres acordes y la verdad. Y no sólo para sus fans, que son legión.