Por - 14 de agosto de 2016

Todavía quedaba un poco de melancolía en el cajón de las películas perdidas de Woody Allen, recoveco íntimo que ha devenido en espacio mítico, casi público, abierto a nuestro debate diletante, elevado a caverna de las ideas de este cineasta platónico que quiere morirse dirigiendo. A medida que el maestro cumple películas (ya ha participado en más obras que años tiene), es inevitable fijarse en su creación anterior para revisar sus pasos y buscar un horizonte que parece no agotarse, aunque repita situaciones que, como pasatiempos en su propia filmografía, incitan al mitómano a buscar coincidencias. Solacémonos, pues, con las sombras de Platón, amigo Woody.

Café Society juega a la comedia distraída, pero refleja otra cosa muy diferente. Aunque a primera vista Jesse Eisenberg resulte el joven judío zangolotino perfecto para replicar a Allen en pantalla (como hizo en uno de los capítulos salvables de A Roma con amor), hay una diferencia que les conviene a ambos: al actor, porque su peculiar encanto (que lo tiene, y cierra una poderosa pareja con la descomunal Kristen Stewart como hacía tiempo que no encontraba Woody Allen) no abona el gag, aunque participe de él o lo sufra (como Cusack en Balas sobre Broadway); y al cineasta, porque puede seguir escribiendo personajes cómicos casi a bulto, de Steve Carell a esa familia que, varada entre Días de radio y Granujas de medio pelo, merece varios spin-off. Filme de simetrías encontradas, Allen disfruta enfrentando términos opuestos: de LA a NY, de las piscinas elegantes a los garitos de gangsters, de la morena a la rubia, del humor a la tristeza, para terminar ofreciendo la más digna de las escapatorias de sus sueños de seductor al protagonista. Compone una comedia amarga que se eleva cuando ya no hay salida, en el final más demorado y elegante de su último cine. Y, gracias a Eisenberg, se permite el lujo de no tener que asomarse a la tristeza en carne propia. Porque le gusta reservarse siempre el último chiste, el último gesto del cómico que no quiere morirse aunque le venza la pena.

Woody Allen regresa a la elegancia de las comedias tristes, disfruta de la pareja Eisenberg-Stewart y clava las simetrías entre humor y pena.

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