Bomb City

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Por - 04 de febrero de 2019

Bomb City plantea una tesis: ¿Qué puede aportar al análisis actual de la sociedad de EEUU el asesinato de un punk en 1997? Y su respuesta es que bastante. El primer film del estadounidense Jameson Brook recrea los hechos sucedidos en Amarillo (Texas): el enfrentamiento entre un grupo de punks, que representa el espíritu ‘outsider’ y contracultural, y otro de estudiantes-deportistas, aparente emblema del comportamiento socialmente aceptado y de la corrección política, que acabó con la muerte del joven Brian Deneke. El film se desarrolla en dos partes, cohesionada por una voz en off que se pierde entre reflexiones didácticas y un pretendido halo poético. Por un lado encontramos la historia del joven asesinado, que organiza conciertos en el local que da nombre al film, participa en actividades culturales de carácter militante y también disfruta liándola con su pandilla. Y, en forma de montaje paralelo, asistimos al juicio que se produce después de su muerte, del que, con ayuda de la Fiscalía, el principal acusado sale libre y puede seguir su vida como prometedor deportista universitario.

A pesar de este planteamiento, Bomb City no pretende seguir el modelo de ‘true crime’ tan de moda en la producción televisiva estadounidense en los últimos años. Es decir, no se acerca a los hechos de una manera analítica, ni indaga en los corruptos mecanismos del poder que permiten que un asesino salga libre de su juicio. Lo que, por otra parte, hubiera sido narrativamente mucho más atractivo. Su objetivo es retratar el choque de valores entre esa parte de la sociedad que defiende una tradición ultraconservadora y el espíritu libre de los que reclaman el derecho de ser diferentes, como elemento esencial del ser humano. Todo en favor de la tesis de partida. Incluso el discurso final con el que se cierra el film, una reflexión de Marilyn Manson -del que ya habíamos descubierto su faceta más reflexiva en Fahrenheit 9/11 (2004) de Michael Moore– a propósito de los motivos de la violencia y cómo acabar con ella, funciona como respuesta a la pregunta del comienzo del texto. De este modo, se cierra académicamente una película de tesis, que a nivel cinematográfico se muestra superflua en su retrato y totalmente falta de recursos narrativos. Lo dicho: todo sea por justificar la tesis.

Alegato a favor de la diversidad y en contra de la intolerancia, que no encuentra en ningún momento el tono narrativo que le reclama su tesis de partida.