Por - 23 de mayo de 2019

Del mismo modo que el locutor de radio que vehicula el relato de Blaze, interpretado por el propio Ethan Hawke, también director de este conmovedor musical, casi nadie sabe quién fue Blaze Foley. Y sin embargo, al escuchar los compases de sus cálidas melodías su música nos atrapa, como si nos acompañara desde siempre. Foley, trovador maldito y excéntrico amén de compañero de correrías del cantautor Townes Van Zandt, encarna como pocos la tradición del country y de cierta esencia contracultural americana, por lo que no debería extrañarnos que Hawke se haya fijado en él, habida cuenta de los temas que el actor y cineasta ha escogido para sus trabajos tras la cámara. Lo que sí sorprende –y entusiasma– es la sensibilidad con la que Hawke se ha aproximado a este difícil personaje, que ya fue protagonista de un reciente rockumentary más preocupado por el perfil malogrado
del artista que por sus proezas, y del que tampoco abunda el material de archivo. Para cubrir ese vacío, el filme se apoya en los recuerdos de su viuda, Sybil Rosen –y de su vida juntos compartiendo una cabaña en un árbol–, así como en la música de Foley y en un plantel de intérpretes y músicos, una suma que nos descubre el verdadero significado del concepto “biopic musical”: una exploración del proceso creativo, tanto el de origen autodestructivo como el que procede de la generosidad del amor.

Un retrato del más rebelde y trágico de los héroes del country.