Blade Runner 2049

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Por - 07 de agosto de 2017

A estas alturas (después de Matrix, de Psycho-Pass o incluso de esa Ghost in the Shell blanqueada y recauchutada), tratar de explicarle a una persona joven la importancia de Blade Runner resulta ocioso. O, mejor dicho, contraproducente. Bien por sus propios méritos, bien debido al fetichismo de quienes se enamoraron de ella cuando aún era un icono de modernidad, la película de Ridley Scott ha impregnado un territorio extensísimo de la cultura popular, ese en el que siempre llueve y hay geishas de neón en los rascacielos. De este modo, frente a su secuela, uno se ve obligado a plantear una pregunta tan incómoda para el objeto de análisis como para quien la formula: ¿qué puede aportarnos? ¿Qué visiones nuevas, o qué nuevos miedos, puede incorporar a nuestro imaginario?

Además de ser un señor muy espabilado y con gran sentido estético, Denis Villeneuve ama profundamente la ciencia-ficción, así que ha procurado responder a esta pregunta, no ya en cada secuencia, sino diríase que en cada plano de Blader Runner 2049. Y eso se nota, vaya que sí. Se nota, para bien, en esos ambientes esculpidos hasta el último detalle y observados primorosamente por un Roger Deakins con el catálogo Pantone en la mano. Se aprecia también, quién lo hubiera dicho, en el flashback emocional de un Harrison Ford recuperando a Rick Deckard, ese personaje al que tanto detestó y que nunca dejó de ser un hijo de perra zarandeado por las circunstancias. Y se nota, por último, en esas ambiciones suyas que aspiran a lo monumental, a lo ciclópeo. A alzarse más allá de Orión, como mandan los cánones. Pero que, a la hora de la verdad, acaban arrastrándola a la Tierra.

Estas ambiciones de Villeneuve resultan muy similares a aquellas que, cuando se las mira sin soberbia, son apreciables en las autoras amateur que se lanzan a escribir fan fiction: expandir un universo imaginario, haciendo que sus detalles (incluso los más peregrinos) pasen de la potencia al acto. En el caso de Blade Runner 2049, esos movimientos tienen lugar tanto de dentro hacia fuera (sacarnos de ese Los Ángeles más decadente que nunca, para mostrarnos otros lugares y otros colapsos de la civilización) como de fuera hacia dentro, observando la vida cotidiana de sus personajes y tratando de explicar cómo piensan y qué sienten con más profundidad que el original. Y ahí, precisamente, es donde tropieza, porque se le notan unas ganas locas de que le alaben por ello.

Es cierto que a Ryan Gosling se le da muy bien el rol de hermosa máquina de matar, y también que algunas de sus escenas con Ana de Armas (el personaje más entrañable de la película, pero no precisamente el mejor llevado) pueden ponernos un nudo en el estómago. Pequeñito, eso sí. Pero algo va mal cuando esos momentos que aspiran a la catarsis resultan menos eficaces que los de un original cuyo elenco estaba formado, a posta, por clichés del noir, desde el detective alcoholizado a la femme fatale y el criminal de atractivo satánico. La banda sonora (a cargo de Hans Zimmer, sus subgraves, Benjamin Wallfisch y unos cuantos subgraves más) delata esto con ironía poética: cuando quiere apabullar, se las basta y sobra ella solita… pero cuando quiere emocionar, acaba recurriendo a samples de los viejos temas de Vangelis, apenas disimulados y clavados al anzuelo como cebos para nostálgicos.

Durante muchísimos años, los defensores de Blade Runner alabaron al filme como un ‘anti-Star Wars’, afirmando que su tono introspectivo y su oscuridad eran el antídoto contra la épica Jedi de George Lucas. Así pues, la ironía está ahí, y es sangrante: la película de Scott ha acabado teniendo una secuela tan lujosa, tan artificial y tan innecesaria como El despertar de la Fuerza. Una criatura que, esforzándose por ser emocional y humana, acaba suspendiendo el test de empatía. Hace 35 años, Ridley Scott entregó un trabajo cuyo rodaje había sido un tremendo desastre, y que llegaba a la pantalla como una criatura parcheada, renqueante, llena de defectos… pero viva. Tan viva, de hecho, que todavía seguimos hablando de ella en el día de hoy, y (en algunos casos) conmoviéndonos al recordar aquellas lágrimas en la lluvia que Rutger Hauer improvisó frente a la cámara. ¿Qué momentos de Blade Runner 2049 pervivirán de esa manera en el futuro? Nadie sabe la respuesta, pero este crítico se atreve a aventurarla: bien pocos.

Técnicamente casi perfecta, pero forzada y solemne en exceso: suspende el test de empatía

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